Capítulo 1
La última vez que Mikasa Ackerman había estado tan cerca del capitán Levi, le apuntaba al cuello con una hoja. Diez días después lo encontró en la cocina del cuartel, a las tres de la madrugada, hirviendo agua para el té como si aquello no hubiera ocurrido nunca.
Se quedó en la puerta. Él no se volvió.
—O entras o te vas, Ackerman. La corriente apaga el fuego.
Ella entró y cerró. La cocina del cuartel de Trost era estrecha, con una sola mesa de madera que alguien fregaba cada noche hasta dejarla blanca, y Mikasa sospechaba desde hacía tiempo quién era ese alguien. Se sentó en el banco. Levi echó las hojas en la tetera, contó en voz baja hasta un número que solo él conocía y sirvió dos tazas.
No le preguntó si quería. Le puso una delante y se sentó al otro lado.
Mikasa miró el vapor. Llevaba diez noches sin dormir más de dos horas seguidas. Cada vez que cerraba los ojos volvía al tejado de Shiganshina: el cuerpo de Armin, negro y encogido por el calor del Colosal; Eren gritando; Floch con el comandante Erwin a la espalda, y Levi con la caja de la jeringa en la mano, decidiendo. Ella había desenvainado sin pensar. No se arrepentía. Eso era lo que no la dejaba dormir.
Los días siguientes habían pasado como pasan las cosas que nadie sabe nombrar. Habían bajado al sótano de los Jaeger. Habían encontrado los libros del padre de Eren, las fotografías, la palabra «Marley» escrita con una letra pulcra de médico. Habían vuelto a cruzar la Muralla María con nueve caballos para nueve supervivientes. Armin hablaba poco y se miraba las manos. Eren hablaba aún menos. Hange había heredado un puesto que no quería y un despacho en el que no dormía. Y el capitán, que siempre había sido silencioso, se había vuelto algo más difícil de describir: un silencio con bordes.
—No he venido a pedirle perdón —dijo.
—Bien. No lo habría aceptado.
—Lo volvería a hacer.
—Lo sé. —Levi sostenía la taza por el borde, con los dedos por encima, esa manera rara que tenía de beber—. Lo vi en tu cara en el tejado. No eres difícil de leer.
Mikasa apretó la mandíbula. Fuera, en el patio, un caballo resopló en la cuadra.
—¿Por qué lo eligió a él? —preguntó.
Él no respondió enseguida. Bebió. Dejó la taza en la mesa sin hacer ruido.
—Ya lo oíste. Arlert quería ver el mar.
—Eso es lo que le dijo usted a Eren. No es una respuesta.
Levi la miró por primera vez desde que había entrado. Tenía unas ojeras tan profundas como las suyas, y Mikasa pensó, sin quererlo, que se parecían en eso: en la forma de estar agotados sin dejar que se notara en nada más.
—Erwin tenía un sueño —dijo él—. Quería saber qué había en el sótano de los Jaeger. Lo quería más que vivir, más que ganar, más que a cualquiera de nosotros. Para llegar hasta ahí mandó a cientos de soldados a morir, y lo sabía, y lo hacía igual. Al final fui yo quien le dijo que renunciara a ese sueño. Que guiara a los reclutas contra el Titán Bestia y muriera con ellos. Y cuando lo trajeron medio muerto, ya no tenía derecho a arrastrarlo otra vez a este infierno.
Mikasa no dijo nada. Nunca le había oído hablar tanto seguido.
—No lo elegí por ti, ni por Jaeger, ni porque me amenazarais. Tampoco por Arlert. Lo dejé descansar a él. Eso es todo.
—Entonces no decidió la sangre.
Levi frunció el ceño, apenas.
—¿Qué sangre?
—Kenny le contó algo. Sobre nosotros. —Mikasa se enrolló un extremo de la bufanda en los dedos, un gesto viejo, de cuando tenía nueve años—. Una vez usted me preguntó si había tenido un momento en que todo cambió. En que mi cuerpo supo luchar antes que yo. Le dije que sí. Pero no me explicó por qué lo preguntaba.
Él guardó silencio un buen rato. Mikasa pensó que no iba a contestar, que se levantaría, lavaría su taza y se marcharía.
—Kenny creía que los Ackerman despertamos cuando encontramos a alguien —dijo por fin—. A quien proteger. A quien seguir. Él lo encontró en un rey. Decía que todos acabamos sirviendo a alguien, que eso es lo que nos hace fuertes y lo que nos arruina la vida.
—¿Y qué fue de él? De Kenny.
Levi giró la taza un cuarto de vuelta.
—Murió debajo de un árbol, desangrándose, durante el golpe de Estado. Llevaba una caja en el abrigo. Podría haberse inyectado lo que había dentro y convertirse en titán, y salvarse, más o menos. No lo hizo. Me la dio a mí. —Hizo una pausa—. Es la misma jeringa que no le puse a Erwin.
Mikasa no supo qué decir. Él tampoco esperaba que dijera nada.
—Me pasé años pensando que Kenny me había abandonado en la Ciudad Subterránea porque le daba igual. Al final resultó que no sabía qué hacer conmigo. Esa es la herencia de los Ackerman, por lo que he visto: saber matar muy bien y no tener ni idea de qué hacer con la gente que te importa.
Mikasa sintió que algo se le hundía en el estómago.
—Eren.
—Probablemente.
—Entonces todo lo que siento por él es...
—No he dicho eso. —Levi apoyó los codos en la mesa—. Escúchame bien, porque solo voy a decirlo una vez. Si la sangre decidiera, yo habría salvado a Erwin. Le habría inyectado el suero con mis propias manos aunque toda la Legión de Reconocimiento se me echara encima. Me habría resultado fácil. Él era mi... —Se calló. Buscó la palabra y no la encontró, o la encontró y prefirió no decirla—. Era a quien seguía. Y no lo hice. Así que, sea lo que sea esto que llevamos dentro, no manda. Sirve para pelear. Nada más.
Mikasa bajó la vista hacia su taza. El té se había enfriado un poco y tenía un color de ámbar oscuro, casi rojo.
—¿Y si un día Eren me pide algo que no quiero hacer?
—Le dices que no.
—No es tan fácil.
—Nunca he dicho que lo sea. —Levi hizo girar la taza entre los dedos—. Yo tardé años en aprender a decirle que no a Erwin. Y cuando por fin lo hice, fue para pedirle que se dejara morir. No te lo recomiendo como primer intento.
A Mikasa se le escapó algo que no llegó a ser risa, un soplo de aire por la nariz. Levi lo oyó y no hizo ningún comentario, pero bebió con los hombros algo menos rígidos.
—¿Por qué bebe así? —preguntó ella, señalándole la mano con la barbilla.
—¿Así cómo?
—Por el borde. Como si la taza le hubiera hecho algo.
Levi miró sus propios dedos como si no se le hubiera ocurrido nunca.
—Costumbre. En la Ciudad Subterránea las tazas que encontrabas tenían el asa rota. —Tomó otro sorbo, exactamente igual—. Y ahora ya no sé hacerlo de otra manera.
Estuvieron un rato callados. La lámpara de aceite chisporroteaba. En algún lugar del piso de arriba alguien roncaba, y Mikasa estaba casi segura de que era Connie.
—Gracias —dijo ella.
—¿Por qué?
—Por Armin.
—Te he dicho que no lo elegí por...
—Ya lo sé. —Mikasa levantó la taza—. Le doy las gracias igual. Usted decide qué hace con ellas.
Levi la miró como se mira una herida que empieza a cerrar mejor de lo previsto. Luego se encogió de hombros.
—Bébete el té antes de que se enfríe del todo. Es lo último que queda de la caja que mandó la reina.
Mikasa se llevó la taza a los labios y se dio cuenta de que, sin pensarlo, la había cogido como él: por el borde, con los dedos por encima, la palma al aire. Se quedó quieta un momento, mirándose la mano. Era incómodo. No le salía natural, y el calor le quemaba las yemas.
Cambió el agarre. Sujetó la taza por el asa, como la había sujetado siempre, como le había enseñado su madre en una casa de la montaña que ya no existía.
Levi la vio hacerlo. No dijo nada. Pero cuando ella apuró el té y se levantó para lavar las dos tazas, él no se lo impidió, y en el capitán eso era casi una bendición.
Amanecía cuando Mikasa volvió al barracón. Se tumbó con la bufanda puesta y, por primera vez en diez días, durmió de un tirón hasta que Sasha la despertó a gritos porque había pan recién hecho y no pensaba guardárselo a nadie.