Capítulo 1
Sherlock Holmes tardó exactamente cinco jueves en llegar a la conclusión de que John Watson tenía una amante, y uno más en darse cuenta de que estaba equivocado. Para un hombre que se ganaba la vida no equivocándose, aquellos seis jueves fueron los más humillantes de su carrera.
El primero no le dio importancia. John se puso la chaqueta buena a las seis y media, dijo «vuelvo a las nueve» sin especificar adónde iba, y Sherlock, que estaba tumbado en el sofá clasificando mentalmente ceniza de puros, emitió un sonido que podía interpretarse como despedida.
El segundo jueves se fijó en los zapatos. John se había limpiado los zapatos. John Watson, que salía a perseguir asesinos con barro de la semana anterior en las suelas, se sentó en la butaca y se pasó diez minutos dando betún a unos mocasines marrones que Sherlock no le había visto nunca.
El tercer jueves, cuando John volvió, olía a sudor y a un perfume floral barato que no era el suyo. Venía colorado, con el pelo húmedo en las sienes, y tarareaba algo entre dientes mientras subía las escaleras.
—¿Qué tal? —preguntó Sherlock desde detrás del periódico, que sostenía al revés.
—Bien. —John se quitó la chaqueta—. Cansado. ¿Has cenado?
—No.
—Hay sobras de tailandés.
Y eso fue todo. Se metió en la ducha. Sherlock bajó el periódico, miró la puerta del baño durante un rato muy largo y luego se fue a su cuarto a tocar el violín de una manera que hizo que la señora Hudson subiera a preguntar si alguien se había muerto.
El cuarto jueves, Sherlock elaboró una lista.
Zapatos limpios: quiere causar buena impresión. Perfume ajeno: contacto físico prolongado con una mujer, o con varias. Sudor, rubor, tarareo: actividad física que le resulta placentera. Horario fijo: compromiso regular, establecido, probablemente semanal. Silencio absoluto sobre el asunto: ocultación deliberada.
Miró la lista. La lista lo miró a él. La rompió en trocitos muy pequeños y la tiró a la chimenea.
—Estás de mal humor —observó la señora Hudson, que había subido con galletas.
—Yo no tengo humores.
—Desde luego que no, cielo. —Le dejó la bandeja junto al cráneo—. ¿Dónde está John?
—Es jueves —dijo Sherlock, como si eso lo explicara todo. Y, de algún modo terrible, lo explicaba.
El quinto jueves se rindió a la evidencia. John se había echado colonia. No mucha, la justa para que Sherlock la detectara desde el otro lado del salón, y se miró dos veces en el espejo de encima de la chimenea antes de salir. Sherlock esperó a que la puerta de la calle se cerrara, contó hasta veinte, se puso el abrigo y salió detrás de él.
No se sentía orgulloso. Seguir a John por las calles de Marylebone en la oscuridad, a treinta metros de distancia, escondiéndose detrás de buzones como un personaje de una mala novela de espías, no era su momento más digno. Pero los hechos eran los hechos, y Sherlock Holmes necesitaba hechos del mismo modo que otros hombres necesitan aire, y había algo en el pecho que le dolía de una manera que no conseguía clasificar.
John cogió el metro en Baker Street. Sherlock subió al vagón de al lado. John se bajó en Kentish Town, caminó cuatro manzanas y entró por una puerta lateral de lo que parecía un antiguo salón parroquial, con un cartel de plástico atornillado a la pared. Sherlock esperó a que la puerta se cerrara y cruzó la calle para leerlo.
ESCUELA DE BAILE ROSALIND. SALÓN Y LATINOS. TODOS LOS NIVELES. CLASES PARTICULARES.
Se quedó un buen rato delante del cartel. Dentro sonaba un vals.
Por la ventana empañada vio a John en mitad de una sala de suelo de madera, frente a una mujer de unos setenta años con el pelo teñido de violeta y una falda que le llegaba a los tobillos. La mujer le estaba colocando la mano derecha en la espalda, un poco más arriba, y le decía algo que hacía que John asintiera muy serio. Luego empezaron a girar. John contaba moviendo los labios. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Se equivocó en el cuarto compás y pisó a la mujer, que se echó a reír y le dio un golpecito en el hombro.
Sherlock se dio cuenta de que tenía la nariz pegada al cristal. La apartó. Volvió a casa andando, aunque eran casi cinco kilómetros, y no tocó el violín al llegar.
El sexto jueves no siguió a nadie. Esperó.
John volvió a las nueve y cuarto. Subió las escaleras tarareando, como siempre, abrió la puerta del salón y se encontró a Sherlock de pie en el centro de la alfombra, con las manos a la espalda y la expresión de quien va a anunciar el nombre de un asesino.
—Escuela de Baile Rosalind —dijo Sherlock—. Kentish Town. Clases particulares los jueves de siete a nueve. Tu profesora es viuda, tiene un gato y fuma a escondidas de sus alumnos. Llevas seis semanas.
John se quedó en el umbral, con una mano todavía en el picaporte.
—Me has seguido.
—Una vez.
—Me has seguido. —John cerró la puerta despacio—. ¿Por qué narices me has seguido?
Sherlock abrió la boca para dar una explicación razonable. No encontró ninguna. Encontró, en cambio, la verdad, que era mucho más incómoda.
—Pensé que estabas viendo a alguien.
Hubo un silencio. John lo miró. Luego miró la chimenea, la calavera, las galletas de la señora Hudson que nadie había tocado, y otra vez a Sherlock.
—¿Y eso te importaba?
—Me importaba el enigma.
—Sherlock.
—Me importaba —dijo Sherlock, y se oyó decirlo, y deseó con toda su alma estar en otra habitación, en otro país, en el fondo de un río.
John soltó el aire por la nariz. No exactamente una risa. Se pasó la mano por la cara y se apoyó en la puerta.
—En la boda —dijo— me enseñaste a bailar. ¿Te acuerdas? En este salón. Me tuviste aquí tres tardes moviendo los pies hasta que dejé de pisarte.
—Me acuerdo.
—Siempre llevabas tú.
—Porque tú no sabías.
—Exacto. —John se apartó de la puerta—. Porque yo no sabía. Y me pasé todo el banquete de la boda pensando que la única persona con la que había bailado bien en mi vida eras tú, y que ni siquiera había llevado yo. Así que pensé que algún día, si alguna vez había otra ocasión… —Se detuvo. Tragó saliva—. Quería saber hacerlo. Quería ser yo el que te sacara a bailar a ti, para variar. No sé. Es una tontería.
Sherlock lo miró. Por primera vez en seis semanas, su cerebro dejó de hacer listas.
—No es una tontería.
—Es un poco una tontería.
—Es estadísticamente improbable —corrigió Sherlock—, que no es lo mismo.
John se acercó. Se detuvo a un paso de distancia, en mitad de la alfombra, entre la butaca de uno y la butaca del otro. Le tendió la mano derecha.
—Rosalind dice que ya estoy listo. Que llevo con firmeza pero sin tirar. Que me falta confianza en el giro.
—Rosalind fuma Benson & Hedges en el baño.
—Ya lo sé, Sherlock. Lo sabe todo el mundo. ¿Bailas o no?
No había música. La señora Hudson tenía la radio puesta abajo, algo de la BBC con un presentador que hablaba muy bajito. Sherlock miró la mano de John un momento más, la mano que había disparado a un taxista a través de una ventana para salvarle la vida, y la cogió.
John le puso la otra en la espalda, un poco más arriba de lo necesario. Sherlock tuvo que hacer un esfuerzo físico para no corregirle la postura.
—Uno, dos, tres —murmuró John.
Giraron. Fue torpe al principio, porque Sherlock llevaba años llevando y su cuerpo no sabía dejarse llevar, y en el segundo compás intentó tomar el control sin darse cuenta. John le apretó la espalda con suavidad.
—Quieto. Me toca a mí.
Sherlock se quedó quieto. Por dentro, algo que llevaba mucho tiempo tenso como la cuerda de un violín se aflojó un poco.
Giraron otra vez. Esquivaron la mesa baja, el atril de la partitura, una pila de expedientes que Lestrade no había vuelto a pedir. John contaba en voz baja, cada vez menos, hasta que dejó de contar. Sherlock notaba su respiración en la mandíbula, la presión exacta de los dedos en la espalda, el olor de la colonia mezclado con el del salón parroquial y la lluvia.
—Te falta confianza en el giro —dijo Sherlock.
—Cállate.
—Solo constato un hecho.
—Sherlock. —John se detuvo. No le soltó la mano—. Llevas seis jueves de mal humor porque creías que estaba con otra persona.
No era una pregunta. Sherlock no la contestó.
John lo miró desde abajo, porque siempre lo miraba desde abajo, y aun así a Sherlock le pareció que era él quien estaba en desventaja. Luego John se puso de puntillas, muy poco, apenas lo justo, y le dio un beso breve en la comisura de la boca. Fue tan rápido que Sherlock tardó un segundo en clasificarlo.
—Eso para que no tengas que seguirme más —dijo John.
Sherlock parpadeó.
—No pensaba seguirte más.
—Mentiroso.
—Sí —admitió—. Bastante.
Abajo, la radio de la señora Hudson cambió de canción. Era un vals, uno viejo y lento. John sonrió y le volvió a apretar la espalda.
—Desde el principio —dijo—. Y esta vez no te resistas.
Sherlock no se resistió.