Capítulo 1
La regla número uno del Cuadrante de Jinetes es que nadie te ve sangrar. La número dos, que me enseñó mi propio cuerpo mucho antes que Basgiath, es que si la rodilla hace un ruido de rama mojada, no te levantas a ver qué ha pasado.
Esa tarde me había levantado de todos modos.
Gané el combate. Eso es lo que importa, lo que quedará escrito en el registro de desafíos con la letra apretada del profesor Emetterio: Sorrengail sobre Tanner, por rendición. Lo que no quedará escrito es que Tanner me barrió la pierna en el último segundo, que la rodilla izquierda se me salió del sitio y volvió a entrar sola con un chasquido que me dejó la vista en blanco, y que terminé el combate con la daga en su garganta, todo el peso cargado en la otra pierna, sonriendo como si no pasara nada.
Rhiannon lo vio. Rhiannon lo ve todo.
—Ve a ver a Nolon —me dijo en la cena, en voz baja, mientras Ridoc contaba a gritos una historia sobre un grifo y una cabra que no podía ser verdad.
—Fui la semana pasada. Y la anterior.
—¿Y?
—Y la gente lleva la cuenta, Rhi.
No hacía falta decir más. En el Cuadrante, la enfermería es un registro público. Cada visita es una marca, y cada marca, una invitación. Hay cadetes que se pasan el año entero sin pisarla. Yo ya iba por seis, y aún no era ni diciembre.
Así que esperé a que el dormitorio se durmiera. Saqué las vendas que guardaba en el fondo del baúl —Mira me había metido un paquete en la mochila antes del parapeto, junto con un sermón y un abrazo demasiado corto— y bajé al gimnasio cojeando por los pasillos de piedra, pegada a la pared, deteniéndome cada vez que oía pasos.
A esas horas el gimnasio era otro lugar. Las antorchas de los muros estaban casi consumidas y la luz entraba por los ventanales altos, azul y fría. Olía a sudor viejo y a cuero. Me senté en un banco junto a la pared, me remangué el pantalón y me miré la rodilla.
Estaba hinchada y caliente al tacto. Moví la pierna y la articulación me respondió con un pinchazo que me subió hasta los dientes.
Bueno. Había vendado cosas peores.
Empecé por abajo, como me enseñó mi padre cuando era pequeña y me torcía los tobillos en las escaleras de los Archivos. Una vuelta, dos. La venda se me resbalaba. La apreté más, y el dolor me arrancó un taco que habría escandalizado a mi madre, si a mi madre la escandalizara algo que no fuera la debilidad.
—Lo estás haciendo al revés.
Casi me caigo del banco.
Xaden Riorson estaba apoyado en una de las columnas del fondo, entre las sombras, con los brazos cruzados. No lo había oído entrar. Nunca lo oigo entrar. A veces sospecho que no entra, que simplemente aparece, que las sombras lo dejan ahí como quien deja un abrigo sobre una silla.
—¿Cuánto llevas ahí?
—Lo suficiente. —Se apartó de la columna y vino hacia mí con esa forma de andar suya, sin prisa, como si el suelo le perteneciera. A la luz de los ventanales, la reliquia de la rebelión que le subía por el cuello parecía tinta recién derramada—. Si la vendas así, mañana no podrás doblarla.
—No necesito doblarla. Necesito que no se mueva.
—Necesitas las dos cosas, si piensas seguir viva en el próximo desafío.
Se agachó delante de mí. Me tensé tanto que la rodilla protestó.
—No te he pedido ayuda.
—Ya lo sé. —Me quitó la venda de las manos antes de que pudiera cerrar los dedos—. Eres la cadete más terca que ha pasado por esta ala en una década, Sorrengail. No hacía falta que la pidieras para que se notara que la necesitabas.
Debería haberle arrancado la venda. Debería haberme levantado y haberme ido, aunque fuera a la pata coja. Era el líder de mi ala, el hijo del mayor traidor de Navarra, el hombre que había jurado, con toda la calma del mundo, que acabaría conmigo por lo que mi madre le hizo a su familia. Nada de eso había cambiado.
Pero sus manos ya estaban deshaciendo mis vueltas torpes, y eran mucho más cuidadosas de lo que tenían derecho a ser.
—En ocho —dijo—. Por debajo de la rótula, cruzas por detrás, subes por encima. Así la sujetas por los lados y dejas libre el centro. —Lo hacía mientras lo explicaba, con una precisión que me dio rabia—. Ni muy floja ni muy apretada. Si se te duermen los dedos del pie, te has cortado la circulación y mañana tendrás un problema peor que una rodilla.
—¿Dónde aprendiste esto?
Tardó en contestar. Siguió vendando, vuelta tras vuelta.
—Donde aprende todo el mundo. Cuando no queda nadie que lo haga por ti.
No añadió nada más y yo no pregunté. Algo en la línea de su mandíbula me dijo que acababa de rozar una herida vieja, y no tenía ganas de ver cómo reaccionaba si apretaba.
En el fondo de mi cabeza, una presencia enorme se desperezó con un gruñido.
«Lo estás mirando otra vez, Plateada».
Tairn. Cómo no. Mi dragón tiene un talento especial para despertarse justo cuando menos me conviene.
«No lo estoy mirando. Estoy vigilando que no me rompa la pierna».
«Tu pulso dice otra cosa. Y el suyo también, por si te interesa. Sgaeyl está insoportable».
Me puse roja. Lo noté subir por el cuello como agua caliente, y en la penumbra del gimnasio les rogué a todos los dioses que Xaden no se diera cuenta.
Se dio cuenta. Levantó la vista hacia mí un segundo, y en la comisura de su boca asomó algo que no llegó a ser una sonrisa.
—¿Tairn?
—Tairn —admití.
—¿Qué dice?
—Que eres un enfermero pésimo.
—Mentira. —Dio la última vuelta y sujetó el extremo de la venda con un pequeño broche de metal que sacó del bolsillo—. Sgaeyl me ha contado lo que ha dicho, y no se parece en nada.
Me quedé sin aire. Él no apartó la mirada. Seguía agachado frente a mí, con una mano todavía sobre mi rodilla vendada, y de pronto el gimnasio era demasiado pequeño y estaba demasiado callado, y yo oía mi propia respiración y la suya, que no era tan tranquila como él quería aparentar.
—Prueba a doblarla —dijo.
La doblé. Dolía, pero era un dolor distinto, contenido, manejable. La pierna me obedecía.
—Mejor —dije.
—Mejor —repitió él.
No se movió. Yo tampoco. Habría bastado con inclinarme un poco, casi nada, y la idea se me metió en la cabeza y no hubo forma de echarla. Tenía las pestañas manchadas de sombra. Tenía una cicatriz diminuta en la ceja que nunca había visto tan de cerca.
Fue él quien se apartó primero. Se puso de pie de un solo movimiento y dio un paso atrás, y la temperatura del gimnasio cayó de golpe.
—Mañana tienes otro desafío —dijo, y su voz volvía a ser la de siempre, la del líder de ala, plana y fría como el filo de una daga—. Caius, de la Segunda Ala. Te tiene ganas desde la Trilla. Va a ir a por la rodilla izquierda porque te ha visto cojear esta tarde. Media sala te ha visto cojear.
—Pues que vaya.
—Que vaya —asintió—. Y cuando lo haga, te apoyas en esa pierna como si no te pasara nada. Va a dudar. Medio segundo. Es todo lo que necesitas.
Se dio la vuelta para marcharse. Las sombras de la columna se le enroscaron en los tobillos como gatos.
—Riorson.
Se detuvo sin girarse.
—¿Por qué? —le pregunté—. Y no me digas que es porque si yo muero, Tairn también, y Sgaeyl contigo. Eso ya lo sé.
Pasó un rato largo antes de que respondiera. Cuando lo hizo, habló tan bajo que casi no lo oí.
—Porque me he pasado la cena entera viéndote cojear desde la mesa del fondo y no he probado bocado. Y no pienso repetirlo.
Luego desapareció. Así, sin más, entre una sombra y la siguiente.
Me quedé sentada en el banco con la rodilla vendada y el corazón dando tumbos, y en el fondo de mi cabeza Tairn soltó un resoplido que, en un humano, habría sido una carcajada.
«Ni una palabra», le advertí.
«No he dicho nada, Plateada. Pero Sgaeyl sí. Y es mucho peor».
A la mañana siguiente, Caius fue a por mi rodilla izquierda en el primer ataque, tal como Xaden había dicho. Me apoyé en ella con todo mi peso y le sonreí. Dudó. Medio segundo.
Fue suficiente.
Cuando salí de la colchoneta, busqué con la mirada el fondo de la sala. Xaden estaba allí, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. No aplaudió. No dijo nada.
Pero tenía ojeras, y por primera vez desde que lo conocía, no se molestó en disimularlas.