Capítulo 1
Nesta Archeron llegó al escalón cuatro mil doscientos con las piernas temblando y la sospecha de que la Casa del Viento se estaba riendo de ella. No se oía nada, por supuesto; la Casa nunca hacía ruido. Pero la escalera parecía estirarse un poco cada noche, como si alguien hubiera decidido que el fondo había que ganárselo.
Eran casi las tres de la madrugada. Había elegido esa hora a propósito. Durante el día Cassian contaba sus pasos, le corregía la postura, le recordaba que respirase por la nariz, y ella no soportaba la idea de fracasar delante de él otra vez. De noche no había nadie. Solo las luces feéricas que se encendían a su paso, una tras otra, y se apagaban en cuanto las dejaba atrás.
Cuatro mil doscientos uno. Cuatro mil doscientos dos.
Contar le servía. Mientras contaba no pensaba en el Caldero, ni en el cuello de su padre partido en el barro, ni en la forma en que Elain la miraba a veces, como quien mira una casa que se ha quemado por dentro. Los números no le pedían nada. Solo querían el siguiente.
Al llegar al cinco mil se sentó. No lo había decidido; simplemente sus rodillas dejaron de obedecer. Apoyó la espalda contra la piedra fría y cerró los ojos. El sudor se le enfriaba en la nuca. Abajo, muy abajo, la escalera seguía girando sobre sí misma hasta perderse en la oscuridad.
Una bandeja apareció en el escalón de al lado.
Nesta abrió un ojo. Un vaso de agua, una manzana partida en cuatro y un trozo de pan con mantequilla. Nada más.
—No te he pedido nada —le dijo al muro.
El muro no contestó. La bandeja siguió allí.
Bebió el agua de un trago y se comió la manzana porque habría sido absurdo no hacerlo. El pan lo dejó. Era una cuestión de principios, aunque no habría sabido explicar cuáles.
Se levantó. Cinco mil uno.
A partir del seis mil, los escalones empezaron a cambiar. La piedra estaba más gastada en el centro, lisa como el fondo de un cuenco, y Nesta se preguntó cuántos pies la habrían desgastado así a lo largo de los siglos. Illyrianos sin alas, quizá. Prisioneros. Gente que bajaba a Velaris por primera vez. Gente que no quería volver a subir.
En el siete mil trescientos tropezó. No cayó del todo; se agarró a la pared y se hizo un arañazo largo en la palma. Se miró la mano a la luz temblorosa y pensó, con una claridad extraña, que nadie en el mundo sabía dónde estaba en ese momento. Ni Feyre, ni Elain, ni Amren. Si se rompía un tobillo allí, la Casa tendría que decidir qué hacer con ella.
Esa idea, que debería haberle dado miedo, le dio algo parecido a la paz.
Siguió bajando.
Cuando por fin vio la puerta, al principio no la creyó. Una hoja de roble sencilla, con una aldaba de hierro y una franja de luz anaranjada por debajo: las farolas de la calle, al otro lado. Nesta bajó los últimos escalones uno a uno, con la mano herida pegada al pecho, y cuando el pie tocó el suelo plano se quedó quieta, esperando sentir algo enorme.
No sintió nada enorme. Sintió que le dolían los gemelos y que tenía sed otra vez.
Y entonces se dio cuenta de lo que había hecho. Había bajado diez mil escalones. Para volver a la cama tendría que subirlos.
Se rió. Fue una risa corta y fea que rebotó por el hueco de la escalera, y se tapó la boca porque no quería que nadie la oyera.
—Yo también me reí la primera vez.
Nesta se dio la vuelta tan deprisa que casi se cae. Cassian estaba sentado en el tercer escalón, con los codos apoyados en las rodillas y las alas plegadas con cuidado detrás de la espalda, porque allí dentro no había sitio para abrirlas. Llevaba una camisa vieja y el pelo suelto, y tenía la cara de alguien que lleva un buen rato despierto.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Lo suficiente para saber que no te has comido el pan.
Nesta notó que se le calentaban las mejillas.
—La Casa es una chivata.
—La Casa se preocupa. Me despertó tirándome un libro a la cabeza. —Se frotó la sien con dos dedos—. Uno de los tuyos, por cierto. De los que tienen portadas interesantes.
—Si has venido a llevarme arriba volando, puedes ahorrártelo. No vas a poder abrir las alas aquí dentro.
—Lo sé. —Cassian se encogió de hombros—. Por eso he bajado andando.
Nesta lo miró. Tenía la frente húmeda y la camisa pegada a la espalda. No lo había visto sudar así ni después de entrenar con Azriel.
—Has bajado los diez mil.
—Tú también.
—Yo he tardado tres horas.
—Yo he tardado cuarenta minutos y no he parado a comer manzanas. —Le enseñó los dientes, esa sonrisa ladeada que a ella le daba ganas de tirarle algo—. Pero es que yo hago trampa. Llevo quinientos años haciendo esto.
Se quedaron callados. Al otro lado de la puerta pasó un carro; las ruedas sonaron sobre los adoquines y se alejaron hacia el río. Nesta pensó en abrir la puerta, salir a la calle, buscar un sitio donde dormir. Sería fácil. Nadie la obligaba a subir.
—No sé si puedo —dijo al fin.
Lo dijo bajito, sin mirarlo, y odió cada palabra mientras la decía.
Cassian no respondió enseguida. Se levantó, despacio, y ella vio que también a él le pesaban las piernas, aunque lo disimulaba mejor. Luego le tendió la mano. No para tirar de ella; simplemente la dejó ahí, abierta, entre los dos.
—Yo tampoco sé si puedo —dijo—. Me he venido arriba bajando y ahora me arrepiento. Así que propongo un trato. Tú cuentas los pares y yo los impares. El primero que se calle pierde.
—¿Y qué pierde?
—Lo que quiera el otro.
—Eso es una apuesta horrible.
—Es una apuesta illyriana. Todas son horribles.
Nesta miró la mano. Tenía cicatrices en los nudillos y una vieja quemadura en la base del pulgar. No la cogió. Pero pasó por su lado, subió el primer escalón y dijo, sin volverse:
—Uno.
Cassian soltó una carcajada que llenó el hueco entero.
—Ese me tocaba a mí.
—Pues espabila.
Subieron. Al principio contaban con energía, casi gritando, y la escalera les devolvía los números multiplicados. Hacia el mil quinientos empezaron a contar con menos ganas. Hacia el tres mil, Cassian contaba en illyriano solo para fastidiarla, y Nesta aprendió a decir «tres mil cuatrocientos doce» en un idioma que sonaba a piedras cayendo por una ladera.
En el cinco mil seguía allí la bandeja. Ahora había dos trozos de pan.
Cassian cogió uno. Nesta, después de un momento, cogió el otro.
—No digas nada —le advirtió.
—No he dicho nada.
—Lo estás pensando muy alto.
Comieron sentados hombro con hombro, y él le miró la mano arañada sin preguntar. Sacó un pañuelo de algún bolsillo, se lo vendó con una eficiencia que debía de venir de siglos de campamentos de guerra, y lo ató con un nudo que Nesta no habría sabido deshacer.
—Gwyn va a querer que le enseñes esto —dijo ella—. Lo del nudo.
—Gwyn ya sabe hacerlo mejor que yo. Me lo enseñó ella la semana pasada.
Volvieron a levantarse. Ya no contaban los dos; contaba ella, en voz baja, y él la dejaba. A partir del ocho mil Nesta dejó de pensar en nada. No en su padre, ni en sus hermanas, ni en la mujer que había sido antes de que el Caldero la sacara del agua. Solo en el escalón siguiente y en la respiración de Cassian detrás de ella, firme y un poco ronca, como un fuelle viejo.
En el nueve mil novecientos se le doblaron las piernas. Él no la sujetó. Se puso a su lado, en el mismo escalón, y esperó.
—Noventa y nueve escalones —dijo—. Eso no es nada. Eso es un paseo hasta la cocina.
—La cocina no está tan lejos.
—Para mí sí. Mor esconde las galletas en el armario de arriba.
Nesta se rió otra vez, y esta vez no se tapó la boca.
Llegaron arriba cuando el cielo empezaba a ponerse gris sobre las montañas. La última puerta daba a uno de los pasillos del entrenamiento, y por las ventanas altas entraba un aire frío que olía a nieve y a pino. Nesta se apoyó en el marco y dejó que le diera en la cara.
Cassian se dejó caer en el suelo, boca arriba, con las alas extendidas por fin sobre la piedra como una capa negra demasiado grande.
—Te has callado en el nueve mil novecientos cuarenta —dijo con los ojos cerrados—. Has perdido.
—Te has callado tú antes. En el siete mil ochenta y algo.
—Estaba respirando.
—Eso cuenta.
Él abrió un ojo.
—Vale. ¿Qué quieres?
Nesta pensó en muchas respuestas. Algunas eran crueles, por costumbre. Otras eran demasiado verdaderas para decirlas con aquella luz. Miró el pañuelo que le envolvía la mano, el nudo que no sabía deshacer.
—Mañana a la misma hora —dijo—. Y no te sientes a esperarme abajo. Baja conmigo.
Cassian tardó un poco en contestar. Cuando lo hizo, ya no sonreía de lado.
—Hecho.
Detrás de ellos, en algún lugar de la Casa, se oyó el ruido de una tetera al ponerse al fuego. Nadie la había encendido. Nesta decidió, por esa vez, no darle las gracias en voz alta, y la Casa, como siempre, hizo como que no le importaba.