Capítulo 1
Durante cuatro años, cada treinta de noviembre, alguien dejó una botella de zumo de uva en la puerta del cuartel de los Caballeros de Favonius con el nombre de Kaeya escrito en tiza sobre el cristal. Este año, a medianoche, el escalón seguía vacío.
Kaeya lo comprobó dos veces. La primera, al terminar el turno, con el pretexto de revisar las guardias de la muralla; la segunda, pasadas ya las doce, con una copa de vino de diente de león en la mano y sin pretexto alguno. La piedra estaba húmeda de escarcha y no había nada encima, salvo una hoja seca que el viento había traído desde el lago.
—¿Espera a alguien, capitán? —preguntó el guardia de la puerta, un muchacho nuevo que todavía se cuadraba al hablar con él.
—A nadie en particular —dijo Kaeya—. Me gusta el aire de la noche. Despeja.
El muchacho asintió como si aquello tuviera sentido. Kaeya le dio una palmada en el hombro y se marchó calle abajo, hacia la plaza, con las manos en los bolsillos y una sensación ridícula en el estómago, la misma que tenía de niño cuando Crepus prometía volver antes de la cena y el reloj del salón pasaba de las ocho.
No le había hablado nunca a nadie de las botellas. Ni a Jean, ni a Lisa, que de todos modos lo habría adivinado, ni mucho menos a Diluc. Sobre todo a Diluc. La primera apareció el año en que Diluc volvió a Mondstadt, después de tres años de ausencia y de un silencio tan espeso que se habría podido cortar con la espada. Kaeya la encontró al amanecer, la miró un buen rato y la dejó en el escalón por si era una broma de alguien del cuartel. Al mediodía seguía allí. La subió a su habitación y no la abrió.
La segunda sí la abrió. Era zumo de uva del Viñedo del Amanecer, sin etiqueta, de la cosecha más dulce, la que Adelinde reservaba para las visitas importantes. Kaeya conocía ese sabor de memoria, porque de niños lo robaban de la despensa y se lo bebían en el tejado del granero mientras Diluc juraba que algún día sería caballero y Kaeya fingía que también quería serlo.
Nadie de fuera de la casa podía saber eso. Y nadie salvo Diluc podía saber lo del tejado.
Y sin embargo, ni una palabra. En cuatro años, Diluc no había mencionado jamás su cumpleaños. Le servía en la taberna con la misma cara que a cualquier borracho de Mondstadt, le cobraba el doble cuando Kaeya hacía chistes sobre su pelo y una vez lo había echado a la calle por insinuar que el maestro Diluc escondía un corazón tierno debajo del abrigo. Kaeya había interpretado las botellas como lo que eran: un mensaje que no admitía respuesta. Un «sigo sabiendo quién eres» dicho de la única forma en que Diluc Ragnvindr era capaz de decirlo, a oscuras y sin firma.
Por eso, esa noche, la ausencia pesaba más que cualquier botella.
La taberna tenía las luces encendidas. Kaeya se detuvo frente a la puerta, oyó dentro la risa de algún bardo —seguramente Venti, que nunca pagaba nada— y estuvo a punto de seguir de largo. Entrar y preguntar sería admitir que lo había notado. Que llevaba cuatro años esperando el treinta de noviembre como un crío.
Entró.
Charles estaba detrás de la barra, secando vasos. Ni rastro de Diluc.
—El señor no ha venido esta noche —dijo Charles antes de que Kaeya abriera la boca—. Está en el viñedo. Asuntos de la vendimia tardía, creo.
—No he preguntado.
—No, capitán. —Charles dejó el vaso en su sitio—. ¿Lo de siempre?
Kaeya miró la botella de su vino favorito en el estante, luego la puerta, luego otra vez la botella.
—Hoy no —dijo, y salió antes de pensárselo mejor.
El camino hasta el viñedo era largo para hacerlo a pie de noche, pero Kaeya lo había recorrido tantas veces de niño que sus piernas recordaban cada curva mejor que su cabeza. Cruzó el puente, bordeó los campos de uva, ya desnudos, y oyó a lo lejos el aullido de algún lobo. Hacía frío. Su visión, colgada de la cadera, desprendía un brillo azul tenue, como si también ella tuviera algo que opinar sobre lo absurdo de la excursión.
La mansión estaba casi a oscuras. Solo había luz en una ventana de la planta baja: la cocina.
Kaeya conocía esa ventana. Durante años había sido la de Adelinde, que se quedaba despierta hasta tarde amasando el pan del día siguiente. Se acercó sin hacer ruido, más por costumbre que por intención, y miró dentro.
Diluc estaba sentado a la mesa de la cocina, sin el abrigo, con las mangas remangadas y una tiza en la mano. Delante tenía una botella de zumo de uva. La miraba con el ceño fruncido, el de las negociaciones difíciles, como si la botella le debiera dinero.
Escribió algo en el cristal. Lo borró con el pulgar. Volvió a escribir.
Kaeya se apartó de la ventana y apoyó la espalda en la pared. El corazón le latía en los oídos. Pensó, con una claridad casi cómica, que podía irse. Volver a la ciudad, dormir, encontrarse mañana la botella en el escalón y seguir fingiendo otros cuatro años. Era lo cómodo. Era lo que se le daba bien.
En lugar de eso, llamó a la puerta de la cocina con los nudillos.
Hubo un silencio largo. Luego, el arrastrar de una silla y unos pasos que Kaeya habría reconocido en cualquier parte. La puerta se abrió apenas un palmo.
—Es más de la una —dijo Diluc.
—Lo sé. Pasaba por aquí.
—Nadie pasa por aquí a la una.
—Entonces soy el primero. —Kaeya sonrió con toda la desvergüenza que fue capaz de reunir—. ¿Me dejas entrar o vas a interrogarme en el umbral como a un fatui?
Diluc tardó en apartarse. Cuando lo hizo, se colocó entre Kaeya y la mesa, un gesto tan torpe que en cualquier otra persona habría resultado gracioso. La botella seguía allí, detrás de él, con la tiza al lado.
Kaeya fingió no verla. Se sentó en el banco junto a la chimenea apagada, el mismo banco donde Adelinde les curaba las rodillas peladas, y se frotó las manos.
—Hace un frío horrible fuera.
—Es noviembre.
—Treinta de noviembre —corrigió Kaeya, y vio cómo los hombros de Diluc se tensaban apenas—. Bueno, uno de diciembre ya, técnicamente.
Diluc no respondió. Se quedó de pie junto a la mesa, de espaldas a la botella, con los brazos cruzados. A la luz de la lámpara de aceite parecía más joven y más cansado que en la taberna, donde siempre llevaba el pelo recogido con la precisión de quien no quiere que le hagan preguntas.
—No llegué a tiempo —dijo al fin, tan bajo que Kaeya casi no lo oyó.
—¿A qué?
—Lo sabes perfectamente.
Kaeya bajó la vista. Tenía la boca seca y las manos frías, y ninguna de sus bromas de siempre parecía servir para nada.
—Pensé que este año habías decidido dejarlo —dijo—. Que te habías cansado.
—Adelinde la llevaba cada año. —Diluc descruzó los brazos y volvió a cruzarlos—. Yo dejaba la botella aquí, en esta mesa, la noche anterior, y ella se encargaba del resto. Este año se ha ido a ver a su hermana. Me olvidé de pedírselo a otro.
—Podrías haberla llevado tú.
—Podría.
—Pero no la llevaste.
Diluc se volvió hacia la mesa y cogió la botella. En el cristal, en tiza blanca, Kaeya alcanzó a leer su propio nombre y, debajo, un trazo borrado varias veces, ilegible ya, como una frase que se hubiera rendido a medio camino.
—Llevo desde las nueve intentando escribir algo más que tu nombre —dijo Diluc, con la mirada fija en el cristal—. No se me da bien.
Kaeya se rió. No pudo evitarlo; le salió de muy dentro, una risa corta y un poco rota.
—Cuatro años, y tu gran problema es la caligrafía.
—Mi problema es que no sé qué decirte. —Diluc dejó la botella sobre la mesa con un golpe seco—. No lo sé desde aquella noche. Sé lo que me dijiste, sé lo que hice yo, y sé que nada de eso se arregla con una botella de zumo. Pero era lo único que podía hacer sin estropearlo más.
Durante un momento, ninguno de los dos se movió. Fuera, el viento arrastraba algo por el patio, un cubo, quizá, o una de esas cestas de mimbre que los jornaleros olvidaban junto a los toneles.
Kaeya se levantó despacio. Cruzó la cocina, cogió la tiza de la mesa y le dio vueltas entre los dedos.
—¿Puedo?
Diluc no dijo que sí, pero tampoco dijo que no. Kaeya giró la botella hacia la luz, borró con la manga los restos de la frase imposible y escribió debajo de su nombre, con su letra torcida de siempre: «El tejado del granero sigue en pie».
Diluc lo leyó. Kaeya vio cómo se le movía la mandíbula, cómo apretaba los labios, cómo tragaba.
—Esa teja suelta nunca la arreglaron —dijo Diluc al cabo de un rato—. Padre decía que era culpa nuestra.
—Era culpa tuya. Tú saltabas.
—Tú me retabas.
—Detalles.
Diluc soltó el aire por la nariz, algo que en otra persona habría sido una carcajada. Luego fue al armario, sacó dos vasos de los buenos, los de cristal tallado que Crepus solo usaba en las grandes ocasiones, y los puso sobre la mesa.
—No es vino —advirtió—. No pienses que voy a empezar a beber contigo.
—Jamás se me ocurriría, maestro Diluc.
—Y no vamos a hablar de aquella noche.
—Esta noche no —aceptó Kaeya.
Diluc lo miró, sopesando la frase y la pequeña puerta que dejaba abierta. Después descorchó la botella y llenó los dos vasos hasta arriba sin derramar una gota, con el pulso firme de quien lleva años detrás de una barra.
Subieron al tejado del granero con los vasos en la mano y una manta vieja que olía a heno. La teja suelta seguía en su sitio y crujió bajo el pie de Diluc exactamente igual que quince años atrás. Abajo, los campos dormían. Al fondo se adivinaban las luces de Mondstadt.
No hablaron mucho. Kaeya no lo necesitaba. Bebió despacio, notando el dulzor en la lengua, y cuando el vaso estuvo vacío lo dejó a su lado, sobre las tejas.
—Feliz cumpleaños —dijo Diluc al rato, mirando al frente.
Lo dijo mal, a destiempo, con hora y media de retraso. Kaeya pensó que era lo mejor que le habían dicho en años.