Capítulo 1
La noche antes de que Ace se hiciera a la mar, Luffy intentó cazarle un oso de despedida y terminó colgado de una rama por los tobillos, con el oso sentado debajo, esperando a que madurara. Así lo encontró Ace al anochecer, después de buscarlo por medio Monte Corvo.
—¿Qué haces?
—¡Cazar! —gritó Luffy, girando despacio—. ¡Ya casi lo tengo!
El oso levantó la cabeza y gruñó. Era enorme, pardo, con una cicatriz en el hocico que Ace conocía bien: llevaban años robándole la comida a ese animal, y el animal llevaba años intentando comérselos.
—Ya veo. Lo tienes acorralado.
—¡No te rías!
Ace no se reía. Por lo menos, no por fuera. Cogió su tubo de hierro, el mismo que llevaba desde los diez años, abollado por todas partes, y se lo apoyó en el hombro.
Fueron tres golpes. Luego Ace cortó la liana con la navaja y Luffy cayó de cabeza sobre el oso inconsciente, rebotó como una pelota y se quedó sentado en la hierba, sonriendo con todos los dientes.
—¡Lo hemos cazado!
—Lo he cazado yo.
—Yo lo he cansado.
Ace abrió la boca para discutir y volvió a cerrarla. Al día siguiente, a esa hora, ya no estaría allí para discutir con nadie. La idea le cayó encima como un cubo de agua fría, y tuvo que mirar hacia otro lado.
Arrastraron el oso entre los dos hasta el claro de siempre, el que quedaba sobre el acantilado, desde donde se veían a lo lejos las luces del Reino de Goa y, más allá, el mar. Ace había subido a ese acantilado más veces de las que podía contar. Primero con Sabo, cuando eran dos y Luffy solo era un crío pegajoso que los seguía a todas partes y lloraba cuando lo dejaban atrás. Después con los dos. Y después, durante siete años, solo con Luffy, que había dejado de llorar en algún momento sin que Ace se diera cuenta de cuándo. Allí habían gritado al mar sus nombres y sus sueños a pleno pulmón, como si el mar estuviera obligado a recordarlos. Allí Ace había prometido que no viviría con remordimientos. Y allí había subido, solo, la noche en que Dadan por fin lo desató, después de lo de Sabo, cuando ya no le quedaban ganas de bajar a la ciudad a romperlo todo.
Ace encendió el fuego con el pedernal; tardó cuatro intentos, y Luffy se burló de él en cada uno.
—Cuando sea pirata, tendré un cocinero —dijo Ace, soplando las brasas—. Y no volveré a encender un fuego en mi vida.
—Yo tendré un cocinero, un músico, un médico, un...
—Ya lo sé, Luffy. Me lo has dicho mil veces.
—¡Y un barco con una cabeza enorme delante!
—También.
Asaron la carne en silencio, o en lo que en Luffy pasaba por silencio: tararear, rascarse, preguntar cada medio minuto si ya estaba. Cuando por fin estuvo, comió como si llevara semanas sin ver comida, con grasa hasta las orejas. Ace comió menos. Tenía el estómago cerrado desde la mañana, cuando Dadan le había tirado a la cabeza un saco con ropa limpia, una cantimplora y un mapa robado, y le había gritado que se largara de una vez, que llevaba diecisiete años aguantándolo y ya estaba harta. Luego se había encerrado en su cuarto, y Magra había dicho que estaba resfriada. Nadie se lo había creído.
—Oye, Luffy.
—¿Mmm?
—¿Te acuerdas de lo que dijo el abuelo? La última vez que vino.
Luffy se quedó pensando con un hueso en la boca.
—¿Que me iba a hacer marine aunque fuera a puñetazos?
—Eso no. Lo otro. Lo que me dijo a mí.
Luffy negó con la cabeza, y Ace se alegró y se arrepintió de haber preguntado, todo a la vez. Garp había subido al monte en otoño, como siempre, a gritar y a repartir coscorrones. Pero aquella noche, cuando Luffy ya roncaba, se había sentado con Ace junto a la puerta de la cabaña y le había hablado de su padre. No del nombre, que Ace conocía desde niño, sino de otras cosas. De que aquel hombre había sido su enemigo durante media vida. De que, al final, se había entregado y le había pedido que cuidara de su hijo. De que Garp le había dicho que sí.
Ace se había pasado la infancia oyendo cosas sobre Gol D. Roger en los tugurios del Terminal Gris. Que su sangre estaba podrida. Que su hijo, si existía, merecía colgar de la misma horca. Nunca había sabido qué hacer con eso, salvo pegarse con quien lo dijera.
—Si yo... —empezó, y se le atascó la voz. Lo intentó otra vez—. Si yo fuera hijo de alguien horrible. Alguien a quien todo el mundo odia. ¿Qué harías?
Luffy dejó de masticar.
—¿Por qué?
—Es una pregunta. Contesta.
Luffy frunció el ceño, que en él era una actividad visible y algo dolorosa. Miró a Ace, luego al fuego, luego al oso a medio comer.
—Yo no conozco a mi padre —dijo al fin—. Ni siquiera sé si está vivo. ¿Y qué? Sigo siendo yo.
—No es lo mismo.
—¿Por qué no?
Ace no supo explicarlo. Luffy esperó un momento y luego se encogió de hombros, como si el asunto estuviera zanjado.
—Además, tu padre no bebió el sake con nosotros. Sabo sí.
Ace lo miró.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Que somos hermanos porque lo decidimos nosotros. Lo decidimos aquí. —Luffy señaló el tocón del claro donde, siete años antes, habían chocado tres tazas de sake robadas—. Nadie más votó. Ni tu padre ni el mío ni el abuelo. Así que da igual de quién seas hijo. Eres mi hermano. Lo dijimos.
Lo dijo con la boca llena y una mancha de grasa en la mejilla, sin ninguna solemnidad, como quien avisa de que mañana va a llover. Ace notó que algo se le apretaba en la garganta y tuvo que mirar hacia el mar durante un buen rato.
—Eres un idiota —dijo, con la voz rara.
—¡Oye!
—Un idiota con suerte. —Ace se pasó el antebrazo por la cara—. Come, anda. El oso no se va a terminar solo.
Se quedaron hasta tarde. Luffy se durmió primero, con la barriga hinchada y un brazo estirado tres metros más allá, porque al dormirse se le olvidaba recogerlo. Ace lo tapó con su chaqueta y se quedó un rato mirándolo. Tenía catorce años y seguía durmiendo con la boca abierta, igual que a los siete. Pero ya no lloraba por los golpes del abuelo, y la semana anterior había tumbado a un tigre él solo, aunque luego lo hubiera perseguido el tigre de la madre durante una tarde entera. Se las arreglaría. Ace lo sabía como sabía otras cosas que nunca diría en voz alta. Luego se quedó sentado junto al tocón, mirando las tres marcas redondas que las tazas habían dejado en la madera.
—Me voy mañana —le dijo al tocón, en voz baja—. Ya sé que tú te fuiste primero. No me lo restriegues.
El viento movió las hojas. Ace decidió que eso significaba algo.
A la mañana siguiente, la mitad de los bandidos de Dadan bajó a la playa con la excusa de que tenían que pescar. Dadan no bajó; se quedó en lo alto del sendero, con los brazos cruzados y los ojos rojos, y cuando Ace la saludó con la mano le gritó que no volviera nunca, que ya iba siendo hora de que en esa casa hubiera un poco de paz. Ace se rió y le dio las gracias, y ella se dio la vuelta muy deprisa.
El barco era pequeño, apenas una barca con una vela. Ace lanzó dentro el saco y el tubo de hierro y empujó hasta que el agua le llegó a la cintura. Luego subió de un salto.
—¡Ace! —Luffy estaba en la orilla, con los pies en la espuma—. ¡Cuando me toque a mí, te voy a alcanzar! ¡Y voy a ser el Rey de los Piratas antes que tú!
—¡Ya veremos! —gritó Ace, y soltó la vela—. ¡Tienes tres años para hacerte fuerte, enano!
—¡Ya soy fuerte!
—¡Te colgó un oso!
—¡El oso hizo trampa!
La vela se hinchó. La costa empezó a alejarse, con su playa, sus bandidos fingiendo que pescaban y su chico de goma saltando en la orilla y agitando los dos brazos, uno de ellos estirado tan alto que parecía que intentaba agarrar la barca y traerla de vuelta.
Ace no se dio la vuelta hasta que dejó de oírlo. Entonces sí. Miró una vez, largo rato, hacia la isla verde que se hacía pequeña, y levantó el puño.
En la orilla, muy lejos, un puño le respondió.