Una capa para el viaje

Juego de tronos · fanfic · Romance · 2026

1 capítulo1577 palabrasEsp
Capítulo 1 de 1

Sobre la trama

La víspera de que Jon parta hacia Rocadragón, Sansa Stark esconde bajo la cama la capa que lleva tres semanas cosiendo. En las criptas de Invernalia, él la descubre.

Etiquetas

Mutual Pining (anhelo mutuo)Amor prohibidoAmbientación canonAgridulceAtmosféricoPOV en tercera persona

Capítulo 1

Sansa Stark terminó la capa la víspera de que Jon se marchara, y la escondió debajo de la cama como si fuera algo vergonzoso. Era la mejor costura que había hecho en su vida, y precisamente por eso no sabía cómo dársela. La había empezado tres semanas antes, cuando llegó el cuervo de Rocadragón. Jon había leído la carta en el salón grande, delante de todos los señores del Norte, y Sansa había visto cómo se le endurecía la mandíbula antes de decir una sola palabra. Ya entonces supo que iría. Jon siempre iba. Iba al Muro, iba más allá del Muro, iba a morir y volvía, e iba otra vez. Ella, en cambio, se quedaba. Alguien tenía que contar los sacos de grano y escuchar las quejas de lord Royce y sonreír a Meñique sin enseñar los dientes. Así que se había puesto a coser. Era lo único que sabía hacer con las manos que no fuera firmar órdenes. Lana gris de las ovejas de las colinas de Invernalia, tejida tan apretada que el viento tendría que esforzarse para atravesarla. Un forro de piel de lobo que había costado más de lo que debería, y que había pagado de su propio bolsillo para que nadie pudiera reprochárselo. En el cuello, bordado con hilo plateado tan fino que solo se veía al acercarse, un huargo corriendo. No el huargo de los estandartes, con la cabeza alta y las fauces abiertas. Un lobo blanco, de ojos rojos, más delgado y más callado. Le había llevado cuatro noches seguidas. Esa noche, la última, no consiguió dormir. Hacia la medianoche se levantó, se echó un manto sobre el camisón y bajó a las criptas con una vela. No sabía por qué iba allí. O sí lo sabía, pero no quería pensarlo con palabras. Las criptas eran el único lugar de Invernalia donde nadie le pedía nada. Los reyes del Invierno no tenían quejas sobre el grano. Los señores muertos no le preguntaban si su hermano bastardo estaba loco por fiarse de una reina extranjera con dragones. Su padre estaba al fondo, con su espada de piedra sobre las rodillas y la cara que el cantero había hecho de memoria, más severa de lo que Ned Stark había sido nunca. Sansa encendió la vela que había junto a sus pies. Al lado, la estatua de Lyanna parecía mirar a otra parte, como siempre, hacia algo que nadie más veía. —Sabía que estarías aquí. Sansa no se sobresaltó. Había oído los pasos en la escalera, la manera de bajar de Jon, que pisaba como si el suelo pudiera hundirse. —No sabías nada —dijo—. Has venido a lo mismo que yo. Jon se acercó con su propia vela. Llevaba la ropa de dormir debajo de la capa vieja, la negra de la Guardia de la Noche, la que ya no tenía derecho a llevar y no se quitaba nunca. Fantasma venía detrás, silencioso como la niebla, y se tumbó a los pies de la estatua de su padre como si fuera su sitio. —Quería despedirme de él —admitió Jon. —Vas a volver. Lo dijo con más dureza de la que pretendía. Jon la miró con aquellos ojos grises que eran los de su padre más que los de ninguno de sus hermanos, y eso siempre le había parecido una injusticia. —Eso espero. —No. —Sansa se volvió hacia él—. No «eso espero». Vas a volver. Me lo vas a decir así. Jon guardó silencio. Las llamas de las dos velas se inclinaban hacia el mismo lado, empujadas por una corriente que venía de alguna parte del fondo, donde la cripta se hundía en piedra más antigua. —Sansa… —Te fuiste a Castillo Negro y te mataron. —Le tembló la voz y se odió por ello—. Fuiste más allá del Muro y volviste con la mitad de los hombres. Te lanzaste a caballo contra el ejército de Ramsay tú solo, como un idiota. Y ahora vas a meterte en la isla de la hija del Rey Loco, el hombre que quemó vivo a nuestro abuelo. Yo no puedo seguir enterrándote, Jon. No me quedan velas. No había querido decir tanto. Se quedó con la boca entreabierta, como si las palabras hubieran salido por su cuenta. Jon dejó la vela en el pedestal de su padre, junto a la de ella. —¿Por eso me evitas desde hace tres semanas? —No te evito. —Cenas en tus aposentos. Cuando entro en el salón tú sales. Ayer me hiciste hablar con lord Glover a través de Brienne. —Estaba ocupada. —Estabas cosiendo —dijo él—. Te vi las manos en el consejo. Tenías los dedos llenos de pinchazos. Sansa se escondió las manos en los pliegues del manto, demasiado tarde. Durante un momento ninguno de los dos habló. Fantasma levantó la cabeza, los miró a uno y a otro y volvió a apoyarla sobre las patas con un suspiro largo. —Te he hecho una capa —dijo por fin—. Para el viaje. La tuya está hecha jirones y en Rocadragón hace humedad. Lo leí en un libro del maestre. Jon parpadeó. —Una capa. —No pongas esa cara. Es solo una capa. —No es solo una capa si te ha llevado tres semanas. —Me ha llevado tres semanas porque soy la Señora de Invernalia y tengo cosas que hacer. Él sonrió. No era frecuente. Jon sonreía como si le diera miedo gastar algo que no iba a poder reponer, apenas un tirón en la comisura de la boca, pero a Sansa le pareció que la cripta entera se aclaraba un poco. —¿Me la enseñas? —Está arriba. —Pues subamos. Subieron juntos, con las velas, y Fantasma detrás. En el patio la nieve caía tan despacio que parecía suspendida en el aire. La forja aún tenía luz; el herrero trabajaba de noche para terminar las puntas de flecha que Jon se llevaría a Puerto Blanco. Sansa oyó los golpes del martillo, regulares como un corazón. En su cuarto, se arrodilló junto a la cama y sacó el bulto envuelto en lino. Lo deshizo con cuidado y lo sostuvo en alto. Jon no dijo nada durante tanto rato que Sansa empezó a pensar que no le gustaba. Luego alargó la mano y tocó el cuello, el huargo bordado, con la punta de los dedos, como si temiera estropearlo. —Es Fantasma. —Es un lobo cualquiera. —Tiene los ojos rojos. —Se me acabó el hilo de otro color. —Sansa. Ella bajó la vista. —Es Fantasma —admitió—. Para que no te olvides de volver a por él. No te lo vas a llevar a un barco lleno de dragones, ¿verdad? —No. —Pues entonces tienes que volver. Por el lobo. Si no vuelves por mí, por lo menos vuelve por el lobo. Jon tomó la capa de sus manos. Se quitó la negra, la vieja, y la dejó doblada sobre la silla con un cuidado que tenía algo de despedida. Luego se echó la gris sobre los hombros. Le quedaba exacta. Sansa le había tomado las medidas de memoria, mirándolo en el patio de armas mientras entrenaba a los chicos de Último Hogar, y no se había equivocado en nada. —Voy a volver —dijo Jon. —Dilo otra vez. —Voy a volver, Sansa. —Le cogió la mano, la de los pinchazos, y le pasó el pulgar por las yemas, una a una, como si las contara—. Por el lobo. Y por ti. No necesariamente en ese orden. Ella se rió sin querer. Fue un sonido pequeño, y lo tapó enseguida con la mano libre, pero Jon lo había oído. —Eso ha sido un chiste —dijo ella, incrédula—. Has hecho un chiste. —Me lo enseñó Tormund. —Pues que no te enseñe más. Se quedaron allí de pie, junto a la cama, con la capa gris entre los dos y la nieve golpeando suavemente el cristal. Sansa pensó en todas las cosas que no le diría. Que lo había echado de menos todos los años de Desembarco del Rey sin saber que lo echaba de menos. Que en el Nido de Águilas había soñado una vez con él y se había despertado avergonzada sin saber de qué. Que a veces, cuando él hablaba en el consejo, ella dejaba de oír las palabras y solo oía la voz. No le dijo nada de eso. Le colocó bien el broche del hombro, que no estaba torcido, y alisó una arruga que no existía. —Ve a dormir —le dijo—. Salís con la primera luz. —Tú también deberías dormir. —Dormiré cuando te hayas ido. Jon se detuvo en la puerta. Fantasma ya estaba fuera, esperándolo en el pasillo con la paciencia de los animales que saben que van a quedarse atrás. —¿Me escribirás? —preguntó él. —Te escribiré sobre el grano. —Me parece bien. Escríbeme sobre el grano. Se marchó. Sansa oyó sus pasos alejarse por el corredor y luego nada. Se sentó en el borde de la cama, miró la capa negra doblada sobre la silla y pensó en guardarla en un arcón. No lo hizo. La dejó allí, donde él la había dejado. A la mañana siguiente, desde la muralla, lo vio salir por la puerta norte con la capa gris y el huargo en el cuello, demasiado lejos ya para distinguir el bordado. Fantasma aulló una sola vez. Sansa no levantó la mano para despedirse. Se quedó quieta hasta que el camino se lo tragó, y luego bajó a contar los sacos de grano, porque alguien tenía que hacerlo y porque tenía una carta que empezar.

Fin de lo escrito

Lo que pase después depende de ti

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