Tejados de Queens

Los Vengadores (Marvel) · fanfic · Hurt/Comfort · 2026

1 capítulo1474 palabrasEsp
Capítulo 1 de 1

Sobre la trama

Peter activa la alarma de emergencia a las tres de la mañana y la cancela cuatro segundos después. Tony Stark llega en pijama a un tejado de Astoria con algo que confesar.

Etiquetas

Ambientación canonMentor/AlumnoPadre e hijoFound Family (familia elegida)CálidoMini

Capítulo 1

A las tres y cuarto de la madrugada, FRIDAY despertó a Tony Stark con una frase que ninguna inteligencia artificial debería tener que pronunciar: —El chico ha activado el protocolo de emergencia, jefe. Y ha intentado desactivarlo cuatro segundos después. Tony ya estaba de pie antes de que terminara. No recordaba haberse levantado; recordaba la alfombra fría bajo los pies descalzos y su propia voz, ronca de sueño, preguntando dónde. —En un tejado de Astoria, cerca de la calle Treinta y uno. Constantes elevadas pero estables. Karen informa de una lesión en el tobillo izquierdo y contusiones múltiples. También informa de que el señor Parker le ha pedido expresamente que no le diga nada a usted. —Karen es una chivata maravillosa. Recuérdame subirle el sueldo. —Karen no cobra, jefe. —Pues que empiece. La armadura se le cerró sobre el pecho mientras cruzaba la terraza del complejo de los Vengadores. Unos minutos después sobrevolaba el Hudson con la ciudad a sus pies, ese mar de luces que nunca terminaba de apagarse del todo. Durante el trayecto, FRIDAY le fue pasando datos: una persecución en coche que había acabado mal, dos tipos con armas fabricadas con chatarra chitauri —otra vez—, un salto mal calculado y un aterrizaje peor. Tony escuchaba a medias. La otra mitad de su cabeza estaba ocupada repasando, con una minuciosidad enfermiza, todo lo que podía salir mal: una hemorragia interna que Karen no detectara, un tercer tipo con un arma que nadie hubiera visto, un chico de dieciséis años solo en un tejado mientras él dormía a muchos kilómetros de allí. Le pidió a FRIDAY que subiera los propulsores hasta un nivel que habría hecho llorar a Rhodey. —Va a llegar despeinado, jefe. —Llevo despeinado desde Afganistán. Encontró a Peter sentado contra un depósito de agua, con la máscara quitada y la pierna izquierda estirada en un ángulo que a Tony no le gustó nada. Tenía un corte en la ceja y la expresión de quien acaba de ser pillado robando galletas. —Señor Stark. Hola. No tenía que venir. De verdad. Le dije a Karen… —Karen me lo ha contado todo. Incluida la parte en la que le pediste que no me contara nada. Peter cerró los ojos. —Traidora. —Leal. A mí, que es lo que cuenta. —Tony aterrizó, dejó que la armadura se abriera y salió de ella en pijama: una camiseta vieja de Black Sabbath y unos pantalones de franela. Se agachó junto al chico—. A ver ese tobillo. —Está bien. —Peter. —Está… un poco mal. Estaba hinchado como una berenjena. Tony lo palpó con cuidado, notó cómo Peter apretaba los dientes y le pidió a FRIDAY un escáner rápido. Esguince de segundo grado. Nada roto. Con el metabolismo del chico, en tres o cuatro días volvería a saltar entre edificios como un idiota con mallas. —¿Y los tipos? —Atados a una farola en la Treinta y seis. Llamé a la policía. Bueno, llamó Karen. —Peter se pasó la mano por el pelo—. Uno de ellos tenía un arma de esas que disparan… cosas moradas. Me dio en el hombro antes de que… —Déjame ver el hombro. —Señor Stark, en serio, estoy… Tony lo miró. Peter se calló y se bajó el traje por el hombro. Había un moratón grande y feo, de bordes extraños, pero la piel estaba intacta. Tony soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. —Vale. Vale. —Se sentó a su lado, con la espalda contra el metal frío del depósito—. Ahora explícame por qué activaste el protocolo y luego lo desactivaste. Peter se miró las manos. Tenía los guantes rotos en los nudillos. —Porque me asusté. Caí mal, no podía apoyar el pie, y pensé… pensé que si venía alguien más me iba a encontrar aquí tirado sin poder hacer nada. Y apreté el botón sin pensar. Luego me acordé de que eran las tres de la mañana y de que usted estaría durmiendo, y de que es Iron Man y tiene cosas más importantes que hacer, y de que igual me quitaba el traje otra vez. Lo soltó todo de corrido, sin respirar, como hacía siempre que algo le importaba de verdad. Tony se quedó callado un momento. Abajo pasó un camión de la basura con su estruendo de contenedores. En alguna parte ladraba un perro. —Mi padre —dijo al fin— tenía una norma. Al taller no se le llamaba. Pasara lo que pasara. Si estaba trabajando, no existía nada más. Una vez me rompí la muñeca bajando por la barandilla de la escalera, con ocho años, y fue Jarvis, el Jarvis de verdad, el mayordomo, quien me llevó al hospital. Mi padre se enteró al día siguiente. Me preguntó si la barandilla había sufrido daños. Peter lo miró. Tony siguió con la vista al frente, en las luces de Manhattan al otro lado del río. —No te lo cuento para darte pena. Te lo cuento porque me he pasado media vida jurando que no iba a ser así, y luego te conocí y lo primero que hice fue darte un traje con protocolo de ruedines y no contestar a tus mensajes durante meses. —Eso fue… bueno, fue un poco así. —Fue exactamente así. Y no me gustó lo que vi. —Tony se giró por fin hacia él—. Así que voy a decirlo una vez, porque se me dan fatal estas cosas y no pienso repetirlo: el botón está para que lo aprietes. A las tres de la mañana, a las cuatro, en mitad de una reunión con el Consejo de Seguridad. Me da igual. Lo aprietas y yo vengo. ¿Entendido? Peter tragó saliva. Asintió. Tenía los ojos brillantes y apartó la cara, y Tony fingió con mucha dignidad que no se había dado cuenta. —Y no te voy a quitar el traje —añadió—. Aunque deberías dejar de saltar desde edificios que no has medido. —Lo había medido. —Lo habías medido mal. —Un poco mal —admitió Peter. —¿Cómo de mal? —Como un metro y medio. Tony se pellizcó el puente de la nariz. —Un metro y medio de vacío a cuatro pisos de altura. —¡Pero llegué! Más o menos. Con la mitad de arriba. Se quedaron allí un rato. El cielo empezaba a clarear por el este, un gris sucio que en Queens pasaba por amanecer. Tony sacó del compartimento de la armadura una venda elástica que FRIDAY había tenido la previsión de incluir y le vendó el tobillo a Peter con más cuidado que maña. —Ahora viene la parte difícil —dijo al terminar. —¿Qué parte? —Tu tía. Peter se puso blanco. —No. No, no, no. Señor Stark, si May se entera de esto… —May se va a enterar porque vas a llegar a casa cojeando y con un corte en la ceja, y esa mujer tiene un radar que ya quisiera SHIELD. —Tony se levantó y le tendió la mano—. La pregunta es si se entera sola o si se lo contamos nosotros. —¿Nosotros? —Nosotros. Tú le explicas lo de los tipos y yo le explico que la culpa es mía por no haberte dado un traje con mejores amortiguadores. Que, por cierto, es verdad. Ya estoy pensando en ello. Peter le cogió la mano y se levantó apoyándose en la pierna buena. Pesaba menos de lo que Tony esperaba. Siempre se le olvidaba lo joven que era hasta que lo tenía delante. —Le va a dar algo —dijo Peter. —Probablemente. Y luego nos va a ofrecer el desayuno. —Ay, no. —Peter se tapó la cara—. Está probando una receta nueva. Pan de dátiles y nueces. Señor Stark, es horrible. Es lo peor que he comido en mi vida, y he comido en el comedor del instituto. Tony se echó a reír, una carcajada de verdad que le salió del estómago y se llevó el último resto de miedo de la última media hora. —Pues nos lo comemos —dijo—. Los dos. Sin rechistar. Es lo mínimo después de despertarla a las cinco de la mañana. Volaron hasta su barrio a baja altura, Peter agarrado al brazo de la armadura con la pierna vendada colgando. Aterrizaron en el callejón de detrás del edificio. Tony volvió a salir de la armadura, en pijama, a la vista de cualquier vecino madrugador, y no le importó en absoluto. En el portal, Peter se detuvo con el dedo sobre el timbre. —Señor Stark. —¿Qué? —Gracias. Por venir. Tony pensó en todas las respuestas ingeniosas que tenía preparadas, en lo fácil que habría sido soltar una y quitarle peso al momento. Pensó en su padre y en la barandilla. —Siempre, chico —dijo—. Llama. Peter llamó. Arriba se encendió una luz. Se oyeron pasos rápidos, una puerta, la voz de May diciendo su nombre con ese tono que mezclaba el pánico y la furia a partes iguales. El pan de dátiles fue, efectivamente, horrible. Tony se comió dos porciones.

Fin de lo escrito

Lo que pase después depende de ti

Continúa esta historia desde donde se quedó, o reescríbela a tu manera.