Capítulo 1
La prótesis le dolía cuando iba a llover, y Naruto había aprendido a odiar ese aviso más que la lluvia. Aquella noche le dolió con el cielo limpio de nubes, y tardó un buen rato en entender que no era el tiempo: alguien acababa de cruzar las puertas de Konoha con un chakra que su cuerpo reconocía antes que su cabeza.
Dejó el pergamino sobre la mesa. «Historia administrativa del País del Fuego, volumen tercero». Shikamaru le había jurado que entraba en el examen, y Naruto llevaba dos horas leyendo la misma página sobre los impuestos del arroz.
No salió a buscarlo. Ese era el trato que había hecho consigo mismo después de la guerra: si Sasuke volvía, que viniera él. Naruto ya había corrido detrás de él lo suficiente para varias vidas.
Así que esperó. Calentó agua, la dejó enfriar, volvió a calentarla. Se quitó la venda del brazo derecho para cambiarla y se quedó mirando la piel blanca, lisa, demasiado nueva, de la prótesis que Tsunade había hecho con células del Primer Hokage. Funcionaba. Sujetaba los palillos, formaba sellos, sostenía un rasengan sin temblar. Pero no sabía hacer nudos. Cada mañana, Naruto se peleaba con la venda como si fuera un enemigo, y cada mañana la venda ganaba un poco.
—Lo estás haciendo mal.
Sasuke estaba sentado en el alféizar de la ventana, con la capa oscura cubriéndole el hombro izquierdo y la manga vacía recogida por dentro. No había hecho ningún ruido. Nunca lo hacía.
—Llamar a la puerta no te mataría, ¿sabes? —dijo Naruto.
—Tienes la puerta llena de cartas.
Era verdad. Desde que se había corrido la voz de que Naruto iba a presentarse al examen para Hokage, le llegaban cartas de todas partes: niños de la Arena, ancianos de la Niebla, un señor del País de las Olas que firmaba como «el constructor del puente que lleva tu nombre». No había tenido tiempo de abrirlas.
—¿Cuánto llevas ahí?
—Lo suficiente para ver cómo pierdes contra una venda.
Naruto resopló y le tiró el rollo. Sasuke lo atrapó al vuelo con la única mano que tenía y se quedó mirándolo, como si no supiera qué hacer con él. Luego lo dejó a un lado.
—Vamos arriba —dijo.
Subieron al tejado por la escalera de incendios, como cuando tenían doce años y se escaqueaban de las misiones de rango D de Kakashi-sensei. La aldea se extendía a sus pies: las luces de la calle principal, el humo de Ichiraku, el Monumento a los Hokage iluminado desde abajo. Habían añadido la cara de Kakashi hacía unos meses. A Naruto todavía le hacía gracia verla con la máscara puesta, incluso en piedra.
Se sentaron en el borde, con las piernas colgando. Durante un rato no dijeron nada. Era una de las cosas que Naruto había tenido que aprender: que con Sasuke el silencio no siempre era una pelea.
—¿Cuánto te quedas? —preguntó al final.
—Hasta mañana.
—Llevas un año fuera.
—Once meses.
—Ah, perdona, once meses. Eso lo cambia todo.
Sasuke no sonrió, pero algo se le movió en la comisura de la boca.
—He estado en el País de la Tierra. Hay aldeas donde todavía se esconden ninjas renegados de la guerra. Algunos trabajaron para Orochimaru. Otros, para gente peor. —Hizo una pausa—. Algunos, para mí.
Naruto miró hacia la montaña de los rostros. No hacía falta preguntar a qué se refería. Akatsuki, el equipo Taka, el ataque a la Cumbre de los Cinco Kages. Sasuke no hablaba nunca de ello, pero lo cargaba igual que la manga vacía: a la vista y sin explicaciones.
—Kakashi-sensei dice que ya cumpliste —dijo Naruto—. Que el consejo te ha levantado todas las restricciones.
—El consejo no decide cuándo he cumplido.
—Ya. —Naruto se rascó la nuca—. Lo sabía, pero quería oírtelo decir por si habías cambiado de idea.
Una gota le cayó en la nariz. Luego otra. El brazo derecho le dio un tirón sordo, por dentro, y Naruto hizo una mueca.
—Te duele —dijo Sasuke.
—Solo cuando llueve. Y cuando apareces tú, por lo visto. —Flexionó los dedos artificiales—. La vieja Tsunade dice que es normal, que las células del Primero tienen memoria o algo así. Que se acuerdan de cosas que yo no.
—¿De qué?
—Ni idea. A lo mejor de ti. Te di un puñetazo con este brazo, al fin y al cabo. Bueno, con el de antes. El de carne. —Se calló, liado—. Ya me entiendes.
Sasuke le miró la mano durante un momento largo. La lluvia empezó a caer en serio, fina y templada, de esas que en Konoha no espantaban a nadie.
—Tsunade me hizo uno a mí también —dijo—. Lo tiene guardado.
—Lo sé. Me lo contó. Te lo ofreció tres veces.
—Cuatro.
—¿Y por qué no...?
—Porque no lo necesito. —Sasuke apoyó la mano en el tejado mojado—. Y porque la última vez que me puse algo que no era mío fueron los ojos de mi hermano.
Naruto no supo qué contestar a eso. Se quedaron escuchando la lluvia sobre las tejas, las persianas que se cerraban en la calle de abajo, un perro que ladraba en el barrio de los Inuzuka.
—No voy a pedirte que te quedes —dijo Naruto al fin.
Sasuke giró la cabeza, despacio.
—Lo digo en serio. Me pasé tres años persiguiéndote. Destrozamos medio Valle del Fin. Te seguí hasta una dimensión llena de lava. —Se encogió de hombros—. Ya está. Si te vas, te vas. Sé que vas a volver. No necesito arrastrarte.
—¿Desde cuándo?
—Desde que perdimos un brazo cada uno peleando por lo mismo. —Naruto levantó la mano artificial, la abrió y la cerró—. Entre los dos sumamos dos. Me parece que eso significa algo, aunque Shikamaru diría que soy un sentimental.
—Eres un sentimental.
—Y tú un idiota que se cuela por las ventanas.
El viento cambió y la lluvia les dio de lleno en la cara. La venda del brazo, que Naruto se había puesto a toda prisa antes de subir, se aflojó y empezó a resbalar hacia la muñeca. Fue a sujetarla con la otra mano, pero Sasuke se le adelantó.
Lo hizo sin preguntar. Cogió un extremo de la tela con los dientes y el otro con la mano, y la tensó alrededor del antebrazo de Naruto con dos vueltas rápidas. Luego hizo el nudo: un lazo, una vuelta, otro tirón con los dientes. Firme. Limpio. El tipo de nudo que se aprende cuando no hay nadie más que te lo haga.
Naruto lo miró con la boca abierta.
—¿Cuánto tiempo llevas practicando eso?
—Once meses —dijo Sasuke, y se limpió los labios con el dorso de la mano.
Naruto se echó a reír. Se rió tanto que tuvo que agarrarse al canalón para no caerse del tejado, y Sasuke lo sujetó por la chaqueta con una expresión de fastidio absoluto que no consiguió mantener del todo.
Bajaron cuando arreció la lluvia. Naruto le ofreció el sofá, Sasuke lo rechazó, y luego se durmió en él con la capa puesta mientras Naruto fingía leer sobre los impuestos del arroz. En algún momento, medio dormido, Sasuke le preguntó qué estaba estudiando, y Naruto le leyó una pregunta del temario sobre el reparto de tierras tras la fundación de la aldea. Sasuke contestó sin abrir los ojos, con fechas y nombres de clanes, y Naruto se quedó mirándolo un buen rato antes de apuntarlo todo en el margen.
—Esto lo sabías de antes —lo acusó.
—Lo sabe cualquiera que atendiera en la Academia.
—Yo atendía.
—Dormías encima del pupitre.
No volvieron a hablar de irse ni de quedarse. Hablaron de Sakura, que había abierto una clínica de salud mental para niños; de Kakashi, que firmaba los documentos oficiales con dibujitos de perros cuando creía que nadie miraba; de si el ramen de Ichiraku había empeorado o eran ellos los que habían crecido.
Cuando Naruto despertó, la ventana estaba abierta y el sofá vacío. En la mesa, encima del volumen tercero de «Historia administrativa del País del Fuego», había un rollo de venda limpia, ya cortado a la medida exacta de su antebrazo, y una nota de dos palabras con una letra muy recta:
«Practica nudos».
Naruto no salió a buscarlo. Se sentó, se cambió la venda —mal, como siempre— y abrió el pergamino por la página de los impuestos. Fuera seguía lloviendo. La prótesis le dolió toda la mañana, y Naruto la dejó doler.