Capítulo 1
En el verano de 2007, Suguru Geto dejó de comprar helado, y Satoru Gojo tardó tres semanas en darse cuenta. Para alguien que presumía de ver hasta el último hilo de energía maldita en kilómetros a la redonda, era un récord vergonzoso.
Lo descubrió por casualidad, en la tienda de conveniencia que había al pie de la colina de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio, a las once de la noche, con el aire acondicionado zumbando y un empleado medio dormido detrás del mostrador. Satoru tenía en la mano dos polos de soda, los azules, los de siempre. Se giró para lanzarle uno a Suguru y lo encontró en el pasillo de las bebidas, mirando una botella de té sin cogerla.
—Toma.
Suguru atrapó el polo por reflejo. Lo miró como si no supiera qué era.
—No tengo hambre.
—Nadie tiene hambre de un polo. Los polos no son comida, son una actitud.
—Satoru.
—Vale, vale. —Satoru le quitó el polo de la mano y lo devolvió al congelador con un gesto teatral—. Más para mí.
Pagó el suyo con monedas sueltas y salieron. Hacía uno de esos calores que pegan la camisa a la espalda. Las cigarras seguían chillando aunque fuera de noche, como si tampoco ellas pudieran dormir. Satoru se subió al bordillo del muro y caminó por él con los brazos abiertos, el polo en la boca y las gafas oscuras resbalándole por la nariz.
Suguru iba a su lado, por la acera, con las manos en los bolsillos del uniforme.
Fue entonces cuando Satoru lo miró de verdad, con los ojos que tenía antes de ser el más fuerte, cuando todavía necesitaba fijarse en las caras para saber qué le pasaba a la gente. Los otros, los que leían las técnicas y los nudos de energía como un plano de metro, llevaban meses diciéndole que Suguru estaba perfectamente.
Suguru estaba más delgado. Se le marcaban los pómulos de una forma nueva, y tenía bajo los ojos una sombra que ninguna técnica explicaba.
—¿Cuándo comiste por última vez? —preguntó Satoru.
—Esta mañana.
—¿Qué comiste?
Suguru tardó un segundo de más.
—Una maldición de grado dos, en Saitama.
Lo dijo en tono de broma, pero no sonrió. Satoru bajó del muro de un salto.
Sabía cómo funcionaba la técnica de Suguru, claro. Lo sabía todo el mundo en la escuela: derrotar a una maldición, reducirla a una esfera oscura del tamaño de una canica y tragársela entera. Después podía usarla como quisiera. Era una técnica extraordinaria, de las que aparecen una vez por generación, y Satoru siempre la había envidiado un poco por lo práctica que resultaba.
Lo que nunca había preguntado era a qué sabía.
—¿A qué saben? —preguntó ahora.
Suguru se detuvo bajo una farola. La luz amarilla le dibujaba la cara a trozos.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Te lo estoy preguntando.
—A trapo. —Suguru miró la farola, no a él—. A ese trapo con el que limpias el suelo después de que alguien vomite, y luego lo escurres, y luego te lo metes en la boca. Todas igual. Da igual el grado.
Satoru notó cómo el polo se le derretía entre los dedos. No hizo nada por limpiarse.
—¿Desde siempre?
—Desde la primera.
—Nunca me lo dijiste.
—Nunca me lo preguntaste. —Suguru echó a andar otra vez—. Y no pasa nada. Es el precio. Todos pagamos algo.
Subieron la colina en silencio. Las luces de la escuela estaban casi todas apagadas; solo seguía encendida la del despacho de Yaga, que seguramente estaría cosiendo uno de sus muñecos malditos con la radio puesta. Satoru tiró el palo del polo a una papelera y falló. No lo recogió.
En la entrada de los dormitorios se cruzaron con Shoko, que volvía de la enfermería con la bata manchada y un cigarrillo sin encender entre los dedos. Los miró a los dos, primero a uno y luego al otro, con esa expresión de médica agotada que se le había puesto antes de cumplir los dieciocho.
—¿Otra vez de excursión? —preguntó.
—Polos —dijo Satoru, enseñándole los dedos pegajosos—. Te habríamos traído uno, pero Suguru está a dieta.
Shoko no se rió. Miró a Suguru un segundo más de lo necesario, y él le devolvió una sonrisa educada, la de los informes y los superiores, la que Satoru empezaba a odiar.
—Dormid algo —dijo ella, y siguió su camino.
En lugar de entrar, Suguru se desvió hacia la escalera de incendios del edificio principal y empezó a subir. Satoru lo siguió sin preguntar. Arriba, en la azotea, el aire se movía un poco más. Desde allí se veía el bosque que rodeaba la escuela, negro y espeso, y más allá, muy lejos, el resplandor naranja de Tokio.
Se sentaron en el borde, con las piernas colgando. Era su sitio desde primero. Allí habían discutido sobre quién ganaría en una pelea, sobre si Shoko fumaba de verdad o solo para fastidiar, sobre las cantantes que le gustaban a Satoru y que Suguru encontraba insoportables. Allí, el verano anterior, habían brindado con refrescos calientes por la misión de escolta más fácil del mundo, convencidos de que nada podía tocarlos.
Luego había pasado lo de Riko. Luego Satoru había muerto un poco y había vuelto convertido en otra cosa, algo más grande y más solo. Y Suguru había seguido a su lado, como siempre, cuidando de que nadie se diera cuenta de que el suelo se le estaba abriendo bajo los pies.
—Haibara —dijo Satoru.
Suguru cerró los ojos.
—No quiero hablar de Haibara.
—Vale.
—Era un crío, Satoru. Le encantaba el arroz. Me dijo una vez que le bastaba con un buen cuenco de arroz para ser feliz. —Suguru se rió sin ganas—. Y lo mandaron a una misión de grado dos que en realidad era de grado uno porque alguien en una oficina se equivocó con un informe.
—Lo sé.
—Los no hechiceros crean las maldiciones. Nosotros nos las comemos. Nosotros nos morimos limpiándolas. Y ellos ni siquiera saben que existimos.
Satoru no contestó. Tenía una respuesta en la punta de la lengua: que las cosas eran así, que alguien tenía que hacerlo, que para eso eran fuertes. Pero la oyó en su cabeza y le sonó a algo que diría un adulto, uno de esos ancianos del clan que hablaban del deber mientras otros se desangraban, y se la tragó.
—Ya no veo el porqué —dijo Suguru, muy bajo—. Antes lo veía clarísimo. Los fuertes protegen a los débiles. Era sencillo. Ahora miro a la gente en el tren y pienso: ¿por esto? ¿Por ellos?
Había algo en su voz que Satoru no supo nombrar. Se acordaría de ese tono muchos años después, en un callejón lleno de humo, y entonces sí sabría cómo se llamaba. Esa noche solo le pareció cansancio.
—Mañana me voy a Hokkaido —dijo Satoru, porque no se le ocurrió nada mejor—. Tres días. Una tontería de grado especial que nadie más puede hacer, como siempre.
—Lo sé.
—Cuando vuelva podemos ir a Kioto. A ver los templos. Tú siempre dices que quieres verlos y nunca vamos.
—Tú odias los templos.
—Odio a los viejos de los templos. Los templos en sí me parecen bien.
Suguru abrió los ojos y lo miró. Por primera vez en toda la noche sonrió de verdad, y Satoru sintió que algo se le apretaba en el pecho, una cosa caliente y torpe que llevaba meses ahí y que nunca había querido mirar de frente.
Alargó la mano y le apartó a Suguru el mechón que siempre le caía sobre la frente, ese que se negaba a cortarse. Fue un gesto pequeño, casi nada. Suguru no se apartó.
—Come algo de verdad mientras estoy fuera —dijo Satoru—. Algo que no sepa a trapo.
—Lo intentaré.
—Prométemelo.
Suguru le sostuvo la mirada durante un instante largo. Luego apoyó la cabeza en el hombro de Satoru, con todo su peso, como hacía cuando se quedaban dormidos en el tren de vuelta de alguna misión, y Satoru contuvo la respiración para no moverlo.
—Te lo prometo —dijo Suguru contra su hombro.
Se quedaron así hasta que las cigarras se callaron. Abajo, en el bosque, alguna maldición pequeña se arrastraba entre los árboles; Satoru la vio por el rabillo de sus otros ojos y la dejó estar. No quería levantarse. No quería que Suguru tuviera que levantarse a comérsela.
Al día siguiente, Satoru se fue a Hokkaido. Esa misma tarde, Suguru recibió el expediente de una misión en una aldea de montaña: un asunto menor, unas desapariciones, algo de grado dos. Nadie pensó en avisar a Satoru. No había motivo.
Antes de salir, Suguru pasó por la tienda de conveniencia. Compró un polo de soda, de los azules, y se lo comió entero de camino a la estación, despacio, hasta que se le quedaron los dedos pegajosos.
Fue lo último dulce que probó en mucho tiempo.