Lo que se salva en los márgenes

Harry Potter · fanfic · Romance · 2026

1 capítulo1415 palabrasEsp
Capítulo 1 de 1

Sobre la trama

Hermione Granger restaura la biblioteca de Hogwarts junto a Draco Malfoy y encuentra notas a lápiz en libros que debieron arder. La letra es de él, y Draco no quiere que nadie lo sepa.

Etiquetas

Enemies to Lovers (de enemigos a amantes)Slow Burn (romance lento)Arco de redenciónAmbientación canonAtmosféricoCulpaPOV en tercera persona

Capítulo 1

El primer libro que Draco Malfoy restauró en la biblioteca de Hogwarts tenía el lomo chamuscado y una frase a lápiz en el margen de la página once: «Si alguien lee esto, es que la guerra terminó». Hermione Granger tardó tres semanas en reconocer la letra. Fue McGonagall quien los emparejó, a principios de octubre, con esa expresión que no admitía réplica. La biblioteca había sobrevivido a la batalla mejor que la torre de Astronomía, pero no mucho mejor: estanterías volcadas, tomos hinchados por la lluvia que había entrado durante meses por los ventanales rotos, toda una sección de Historia de la Magia reducida a un olor a humo que no se iba con ningún hechizo. La señora Pince, que había envejecido diez años en uno, recibía a los voluntarios con una lista y un silencio que pesaba más que cualquier reproche. —La señorita Granger sabe lo que hace —había dicho la directora—. Y el señor Malfoy necesita horas de servicio a la comunidad. Me parece una solución elegante. Hermione no lo había encontrado elegante. Lo había encontrado insultante, durante exactamente una tarde. Después descubrió que Malfoy tenía una mano absurdamente buena para el Reparo fino, el que une fibra con fibra sin dejar costura, y que no hablaba. Trabajaba en la mesa del fondo, junto a la ventana que daba al lago, con las mangas remangadas hasta el codo salvo la izquierda, que nunca subía. Ella tampoco preguntaba. La rutina se asentó sin que ninguno de los dos la pactara. Él llegaba a las cuatro; ella, a las cuatro y cinco, porque se negaba a ser la primera. Él separaba los libros dañados por el fuego; ella, los que había destrozado el agua. Compartían el frasco de tinta de restauración y, a partir de la segunda semana, un termo de té que ninguno admitía haber traído. El libro de la página once era un manual de Estudios Muggles de 1962, «Electricidad para magos curiosos». Hermione lo abrió para catalogarlo y se quedó mirando la frase. Lápiz, no tinta. Trazo apretado, inclinado hacia la derecha, con las «t» cruzadas muy alto. Lo dejó aparte sin decir nada. Encontró la segunda frase cuatro días más tarde, en una antología de poesía de autores hijos de muggles: «Este también. Lo siento por los que no pude esconder». La tercera, en un tratado de aritmancia escrito por una bruja cuyo padre había sido panadero en Leeds: «Escondido el 3 de marzo. Los Carrow tienen la lista». Aquella noche, Hermione no durmió. Se sentó en la sala común de Gryffindor, que los de octavo compartían a regañadientes con los de séptimo, y repasó lo que sabía. Durante el curso anterior, mientras ella dormía en una tienda de campaña y comía setas de dudosa procedencia, los Carrow habían convertido Hogwarts en otra cosa. Neville se lo había contado a trozos, en las noches en que la cerveza de mantequilla le soltaba la lengua. Habían quemado libros en el patio del reloj. Habían obligado a los prefectos de Slytherin a recogerlos. Y Malfoy había sido prefecto de Slytherin. Al día siguiente llegó a las cuatro menos cuarto. Lo esperó con los tres libros abiertos sobre la mesa del fondo, en fila, como pruebas en un juicio. Él se detuvo en el umbral. Miró los libros, luego a ella, y Hermione vio cómo algo se le cerraba en la cara, igual que una puerta en una casa vacía. —No sé de qué va esto —dijo. —Es tu letra. —Mucha gente tiene mala letra, Granger. —No tan inclinada. Y no cruza las «t» como si quisiera tachar la palabra entera. —Tocó la página once con la punta del dedo—. Te he visto rellenar fichas durante tres semanas. Malfoy dejó la mochila en el suelo con un cuidado excesivo. Se sentó frente a ella, pero no miró los libros. —¿Y qué quieres que te diga? —Cuántos fueron. Él soltó una risa corta, sin nada dentro. —Ciento cuarenta y dos. Los conté. Era lo único que sabía hacer bien aquel año, contar. —Se frotó el puente de la nariz—. Amycus nos daba una lista cada lunes. Libros de sangre sucia, decía, y libros que ensuciaban a los de sangre limpia. Teníamos que llevarlos al patio el viernes. Yo llevaba casi todos. Algunos no. —¿Dónde los escondías? —En el armario de restauración de Pince. Tiene doble fondo. Ella lo sabía. —Hizo una pausa—. Nunca me dijo nada. Ni me dio las gracias ni me delató. Yo dejaba los libros dentro, al día siguiente ya no estaban, y nunca le pregunté adónde iban. Hermione miró hacia el mostrador. La señora Pince estaba de espaldas, sellando fichas con la misma lentitud de siempre. —¿Por qué escribías en los márgenes? Malfoy tardó en contestar. Fuera, el calamar gigante sacó un tentáculo del lago y volvió a hundirlo. —Porque pensaba que iba a morir —dijo al fin—. O que iba a ganar él, que era peor. Y quería que alguien supiera que no todos... —Se interrumpió—. Da igual. Es estúpido. Ciento cuarenta y dos libros. En ese patio quemaron más de mil. No salvé a nadie, Granger. Salvé papel. —Salvaste a Ada Pennington. —Hermione giró el tratado de aritmancia hacia él—. Su padre era panadero en Leeds. Este es el único ejemplar que queda de la primera edición; lo he comprobado. Si lo hubieras llevado al patio, nadie volvería a leer su demostración de las siete puertas. No existiría. —Es un libro. —Para mí los libros nunca han sido solo libros. Deberías saberlo, después de seis años llamándome ratón de biblioteca. Eso le arrancó algo parecido a una sonrisa, que se le borró enseguida. —No se lo cuentes a nadie. —¿Por qué no? En tu juicio... —Mi juicio ya pasó. Me libré porque Potter habló por mí y porque mi madre le mintió a Voldemort a la cara. No voy a presentarme ahora con una caja de libros a pedir medallas. —Apoyó los antebrazos en la mesa y, por primera vez, la manga izquierda se le subió un poco; Hermione vio el borde de la Marca, desvaída, gris como una mancha de ceniza—. Hice cosas peores aquel año. Y el anterior. Arreglé el armario evanescente. Dejé entrar a Greyback en este castillo. Esto no compensa nada. —No te he pedido que compense nada. —¿Entonces qué quieres? Hermione no tenía una respuesta preparada, cosa rara en ella. Miró los tres libros, la letra inclinada, el lápiz casi borrado en algunas palabras por la humedad del escondite. —Quiero que firmes el registro —dijo. —¿Qué registro? Sacó de la bolsa un cuaderno grueso con tapas de tela. Lo había empezado en septiembre, sin que nadie se lo pidiera: cada libro restaurado, la fecha, el daño, el hechizo empleado y el nombre de quien lo había reparado. Casi todas las líneas llevaban el suyo. Algunas, el de Luna, el de Neville, el de un Hufflepuff de tercero que tenía buen pulso. Ninguna el de Malfoy, aunque la mitad del trabajo de aquellas semanas era suyo. —Restauración, no rescate —dijo ella—. Nadie va a leer esto salvo la señora Pince y quien venga detrás de nosotros. Pero el próximo que abra «Electricidad para magos curiosos» y quiera saber quién le arregló el lomo merece una respuesta. Y tú también. Malfoy miró el cuaderno durante tanto rato que Hermione pensó que iba a levantarse y marcharse. Luego extendió la mano. Ella le pasó la pluma. Escribió despacio, como si cada letra le costara una disculpa. «D. Malfoy». En su nombre no había ninguna «t», pero el trazo seguía inclinado, empujando hacia el borde derecho de la página. —¿Contenta? —preguntó, sin la acidez de antes. —Faltan ciento cuarenta y uno. —Granger. —Tenemos todo el curso. —Abrió el siguiente libro de la pila, un herbario con las esquinas carbonizadas—. Y la señora Pince sabrá dónde fueron a parar los demás. Si los encontramos, los registramos. Todos. Él no contestó, pero tampoco se marchó. A las seis, cuando la luz del lago se volvió verde y luego gris, seguía en su mesa, uniendo fibra a fibra una lámina de mandrágoras. Hermione lo observó un momento por encima de su libro y volvió a lo suyo. Antes de devolver «Electricidad para magos curiosos» a su estantería, buscó la página once. Debajo de la frase a lápiz, con su letra redonda y aplicada, escribió: «Terminó. Lo hemos leído. —H. G.» No se lo dijo. Supuso que él lo encontraría tarde o temprano. Malfoy, según descubrió aquel otoño, siempre revisaba los márgenes.

Fin de lo escrito

Lo que pase después depende de ti

Continúa esta historia desde donde se quedó, o reescríbela a tu manera.