Capítulo 1
Remus Lupin se despertó en el suelo de la Casa de los Gritos con un pelo de ciervo pegado a la mejilla y supo, antes de abrir los ojos del todo, que algo había salido terriblemente bien. O terriblemente mal. A esas horas, con el cuerpo convertido en una sola magulladura, no era capaz de distinguir la diferencia.
Se quedó tumbado un rato, contando las vigas del techo como hacía siempre. Siete. Seguían siendo siete. La luz gris de noviembre entraba por las rendijas de las tablas clavadas en las ventanas y dibujaba rayas en el polvo. Tenía frío. Siempre tenía frío después.
Pero había algo distinto, y tardó en darse cuenta de qué era.
No le sangraban los brazos.
Se incorporó despacio, apoyándose en un codo, y se miró. Tenía arañazos, claro, y un moratón amarillento en el costado que le dolía al respirar. Pero no estaban los mordiscos. Esas medias lunas rojas y profundas que se hacía a sí mismo cada mes, cuando el lobo, encerrado y sin nada que cazar, se volvía contra lo único que tenía a mano. Esa mañana no había ni uno.
Remus miró a su alrededor. La habitación estaba destrozada, como siempre: la cama de cuatro postes partida, el papel de las paredes colgando a jirones. Pero en el polvo del suelo había huellas. Las suyas, enormes y desordenadas. Y otras.
Unas huellas de pezuña, partidas en dos. Unas huellas de perro, grandes, casi tan grandes como las suyas. Y, en una esquina, unas marcas diminutas, como de algo que hubiera corrido muy deprisa pegado a la pared.
Se le cerró la garganta.
—No —dijo en voz alta, y la voz le salió ronca, rota—. No, no, no.
Lo recordaba a medias. Siempre lo recordaba a medias, como un sueño visto a través de agua sucia. Pero ahora, mirando las huellas, empezaron a volver trozos. Un olor que no era humano y sin embargo no era presa. Algo grande y negro que le saltaba encima jugando, no atacando. Una cornamenta que bajaba hacia él, firme, cuando él intentaba lanzarse contra la puerta. El bosque. Habían estado en el bosque. Había sentido la tierra bajo las patas y el viento en el hocico y, por primera vez en su vida, el lobo no había estado solo.
Remus se levantó tambaleándose y vomitó en el rincón.
La señora Pomfrey lo encontró media hora después, como siempre, y lo llevó a la enfermería por el túnel que salía bajo el Sauce Boxeador. No le preguntó nada sobre las huellas. Seguramente no las había visto; nunca miraba el suelo, solo a él, con aquella cara de enfado compasivo que ponía cada mes. Le dio una poción que sabía a hojas podridas y le dijo que durmiera.
No durmió. Se quedó mirando el techo de la enfermería y esperando.
Llegaron a las once, cuando terminó Historia de la Magia. James delante, con el pelo más revuelto de lo normal y una venda mal puesta en la mano izquierda. Sirius detrás, con las manos en los bolsillos y una sonrisa enorme que se le borró en cuanto vio la cara de Remus. Peter el último, casi escondido detrás de los otros dos, mirando a todas partes menos a la cama.
—Buenos días, bello durmiente —empezó James—. Te hemos traído ranas de chocolate y un trozo de…
—¿Qué habéis hecho?
Lo dijo en voz baja. James se calló. Sirius se detuvo a los pies de la cama.
—Remus…
—Os he visto las huellas. —Remus apretó la sábana con los puños—. Un ciervo. Un perro. Y algo pequeño, una rata, o…
—Una rata —dijo Peter con un hilo de voz—. Soy una rata.
—¿Os habéis vuelto locos?
—Un poco —admitió Sirius—. Pero eso ya lo sabías.
—¡No tiene gracia! —Remus se incorporó demasiado deprisa y el costado le dio una punzada que le hizo encogerse. James dio un paso hacia él y Remus levantó una mano—. No. No te acerques. ¿Tienes idea de lo que podría haber pasado? ¿Tienes la más mínima idea? Si os hubiera mordido…
—Los lobos no muerden a otros animales de esa manera —dijo James—. Lo leímos. Bueno, lo leyó Sirius. Yo hice los dibujos.
—¿Y si os equivocabais?
—No nos equivocamos.
—¿Y si os equivocabais, James?
Nadie contestó. Al fondo de la enfermería, la señora Pomfrey dejó caer una bandeja y murmuró algo poco apropiado para una sanadora. Peter se sobresaltó.
Remus se dio cuenta de que estaba temblando. No de rabia, o no solo. Era otra cosa, algo que le subía desde el estómago y se le quedaba atascado en el pecho.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
—¿Cuánto tiempo qué?
—¿Cuánto tiempo lleváis con esto? Hacerse animago no es algo que se aprenda en un fin de semana. McGonagall dice que hay brujos que tardan toda la vida y no lo consiguen.
Sirius y James se miraron. Fue Sirius quien contestó, y por una vez no había broma en su voz.
—Desde segundo.
Remus se quedó callado.
Desde segundo. Desde que lo descubrieron. Desde aquella noche horrible en la que James le había dicho, en la sala común vacía, «sabemos lo de tu pequeño problema peludo», y Remus había esperado que le pidieran que se cambiara de dormitorio. Desde entonces. Tres años. Tres años de libros robados de la Sección Prohibida y de hojas de mandrágora y de excusas raras para desaparecer por las noches que él había atribuido a bromas, a castigos, a James persiguiendo a Lily Evans.
—Peter estuvo a punto de quedarse con bigotes para siempre —dijo James—. En cuarto. Fue muy feo. No se lo cuentes a nadie.
—James —dijo Peter.
—Bueno, es verdad.
Remus se tapó la cara con las manos. Notó que la cama se hundía a un lado: Sirius se había sentado en el borde sin pedir permiso, como siempre, como si las camas de todo el mundo fueran suyas.
—Escucha —dijo Sirius—. Anoche no te mordiste. Ni una vez. Lo vimos. Cada vez que te ibas a morder la pata, James te daba un empujón con los cuernos y yo te mordía la oreja. Y luego salimos. Fuimos hasta el lago. Te pusiste a aullarle a la luna como en los libros malos, Lunático, fue precioso.
Remus apartó las manos.
—¿Cómo me has llamado?
Sirius se encogió de hombros. Se le había puesto rojo el cuello.
—Necesitábamos nombres. No vamos a ir gritando «Remus» por el Bosque Prohibido a las tres de la madrugada, alguien nos podría oír. James es Cornamenta, por motivos obvios. Peter es Colagusano.
—Yo no elegí ese —murmuró Peter.
—Nadie elige su nombre. Yo soy Canuto.
—¿Por qué Canuto?
—Porque lo eligió James y James es imbécil.
—Es un nombre muy digno —protestó James.
Remus los miró. A James, con la venda mal puesta en la mano, donde seguramente el lobo le había alcanzado y él no iba a reconocerlo nunca. A Peter, que parecía a punto de echarse a llorar de puro nervio. A Sirius, sentado en el borde de la cama, sin mirarlo del todo, con esa forma de esconderse detrás del descaro que Remus había aprendido a reconocer hacía años.
Tres años. Habían pasado tres años aprendiendo a convertirse en animales, arriesgándose a la cárcel, a Azkaban, a que los expulsaran, a quedarse atrapados para siempre con cuerpo de bicho, solo para que él no pasara la luna llena solo.
Algo se le rompió en el pecho, sin ruido. No dolió. Fue más bien como cuando se rompe el hielo de un charco al pisarlo: un crujido y luego el agua, por debajo, que siempre había estado ahí.
—Sois unos idiotas —dijo, y la voz se le quebró a mitad de la frase.
—Lo sabemos —dijo James.
—Unos idiotas enormes.
—Eso también lo sabemos.
—Si alguna vez os pasa algo por mi culpa…
—No va a pasar nada. —Sirius lo miró por fin—. Y si pasa, no será por tu culpa. Será por nuestra culpa, que somos idiotas. Lo acabas de decir tú.
Remus se rió. No quería, pero se rió, y se le escaparon dos lágrimas que se limpió con la manga del pijama antes de que nadie pudiera comentarlas. James hizo como que no las había visto. Peter le acercó la caja de ranas de chocolate. Sirius le dio un golpe suave en la rodilla con el puño.
—La próxima vez —dijo Remus cuando pudo hablar— quiero que me lo contéis antes. Todo. Quiero saber dónde vamos a ir y qué vais a hacer si me descontrolo.
—Hecho —dijo James.
—Y quiero que alguien le enseñe a Peter a correr en línea recta.
—¡Oye!
—Y quiero ver los dibujos de James.
James sonrió de oreja a oreja.
—Lo sabía. Sabía que te iban a gustar los dibujos.
La señora Pomfrey apareció entonces con una cara que no admitía discusión y los echó a los tres con la excusa de que el paciente necesitaba descansar. Se fueron protestando. En la puerta, Sirius se dio la vuelta un momento.
—Lunático —dijo, probando la palabra otra vez, como quien prueba si un abrigo nuevo le queda bien.
Remus se lo pensó.
—Me vale —dijo.
Esa tarde durmió de un tirón, por primera vez en años, después de una luna llena. Soñó con el lago y con el viento, y con tres sombras corriendo a su lado entre los árboles, y cuando se despertó no contó las vigas del techo. No le hizo falta.